
Colaboración quincenal dedicada al Diario AD en sus versiones impresa y digital, con motivo de un aniversario más en su cotidiano esfuerzo como comunicador social.
En su cobertura, el AD informa exitosamente a millones de lectores en el mundo, día a día. ¡Feliz cumpleaños!
Escena 1.
Son las 4 de la tarde en el condominio Los Capullos, construido en un terreno de cinco mil metros cuadrados en el municipio de Villa Corregidora y bajo un calor sofocante, propio de un verano queretano. Estando obligado mi hermano Benjamín a planear un escaso número de terrenos, este decidió dármelos para su venta. En la parte trasera del conjunto Se construyó un salón de dos pisos para actividades sociales de futuros condóminos, siendo la planta baja un espacio abierto, sin muros, para usos diversos. En el mismo espacio inferior, se habilitó una cocineta de buen tamaño con una estufa de 6 quemadores y un sanitario con un lavamanos exterior.
El segundo piso, con muros de cristal en sus 4 costados, es un espacio pensado para eventos más formales de corte social o similares y para grupos pequeños, pudiendo ser los mismos condóminos u otros externos. Teniendo cristales por sus 4 costados, el salón naturalmente, se inunda de luz a la hora que narro y gracias al brillante sol vespertino, me doy cuenta que estamos rodeados de un espacio exterior saturado de color verde con tonos diversos, naturaleza viva, húmeda, muda, silente. Concluyo que es el espacio perfecto para el evento que tengo en mente organizar. Estando en estas cavilaciones, escucho un ruido extraño.
Escena 2.
Buscando una salida, un joven halcón aletea, buscando salir del espacio cerrado. Imposible saber cómo y en qué momento cayó preso. A cada intento para liberarse, se golpea irremediablemente contra el cristal y por su respiración agitada, me doy cuenta que está agotado. Sorprendidos ambos, nos observamos por un momento y el halcón vuelve a la azotaina en su necio intento de liberarse del auto impuesto encarcelamiento. Estando así de agotado, no fue difícil tomarlo con delicadeza. Lo observo y ya estando preso en mis manos, lo levanto instintivamente con alegría, como si fuera un justo trofeo. El frágil cuerpo atado a mis manos, solo le queda libre la cabecita. La agita con movimientos nerviosos, intentando inútilmente de zafarse, dándose cuenta que está irremediablemente inmóvil. Un par de minutos después de admirar esta brillante belleza, después de observar la perfección del filoso pico, el brillante plumaje, con dulces palabras me despido de él abriendo una puerta que conecta con un balconcito. Abriendo mis manos, lo lanzo al espacio a la voz de ¡Ándale! Observo cómo se aleja, obedeciendo a su instinto vuela en círculos. Aletea con fuerza, una y otra vez, gozando su libertad. Finalmente, se posa en un huizache medio desnudo, fijando la mirada hacia donde estoy. Pienso que es a mí a quien observa. Retoma el vuelo y después de dos o tres vueltas circulares, regresa al mismo árbol. Yo, sin quitarle la vista, fascinado. Me sobrevuela dos veces más y se aleja definitivamente. Se acomodó en mis recuerdos. Me sentí como un regalador de vida, de segundas oportunidades.
Escena 3.
– Y ¿Por qué no lo conservaste? -me reclaman mis amigos-.
– ¿Por qué haría eso… para qué? No es mío, es de la naturaleza: Ella lo necesita para equilibrar el orden del cual forma parte.
– Estás loco, un halcón no siente, un animal cualquiera, no pueda sentir la libertad como tú o yo la sentimos.
– No sé… no podría afirmar que nuestra manera de percibir sensaciones, sea equiparable a la de los animales, cualquier animal… un perro o un gato, cualquier animal, chico o grande. Sólo me consta que la felicidad que sentí, la pude haber trasladado a ese asustado halconcito. Esta simple posibilidad me hace sentir más feliz, ahora mismo, todavía, a pesar de ser un hecho pasado. Conservarlo habría sido un acto egoísta y eso no me sirve de gran cosa. Me quedo con el haber podido admirar esta magnífica obra viviente de la creación, admirar su belleza, pero, sobre todo, observar su magnífico vuelo. Un maridaje perfecto.
Escena 4.
Estando en la Plaza de Armas, dejando que uno de los tradicionales boleros realice su noble tarea, me encuentro apoltronado en un sillón alto. No sé por qué en este momento, me asaltó el reconfortante recuerdo del halcón liberado. Esta agradable sensación hace que me sienta tranquilo al haber dejado en libertad al pájaro. Es como si yo mismo me hubiera liberado con esta acción. Al estar sentado en esta silla, alta, inmerso en esta sensación de plenitud, el mundo que me rodea se deja observar a mi voluntad. Veo pasar personas que atraviesan plácidamente la plaza, este espacio lúdico que los envuelve y que al igual que yo, pueden estar gozando de esta alegre sensación interna, solo que desde una silla alta, dominando ventajosamente el espacio. Soy el macho Alfa, empoderado desde esta altura que me regala la silla, clasificando transeúntes. Los analizo y los describo, me río de algunos, mientras que a otros los admiro y hasta envidio. En automático, me cae el sabroso recuerdo de lo escrito por mí en las páginas de “EL BAZAR, Charlas con Emilio”, páginas desde donde me encargo de describir personalidades, eventos y circunstancias. Es en este momento en el que una extraña sensación se aloja en la boca del estómago, sensación que padece todo creativo, antes de iniciar una nueva obra. ¿Estaré listo para iniciar un nuevo texto, una nueva historia? ¿Es por eso que es miedo el que se arrincona como humo en mi cuerpo? ¿Es tiempo de pensar en la nueva época? Renovarse o morir, nos grita la tradición.
Escena 5.
En cada una de nosotros, existe agazapada, una silla alta y con ello, una misión específica. Tomando como ejemplo a nuestro esforzado bolero, pareciera que su misión es recordarme que debo continuar en la brega, en la disciplina de escribir, ahora sin calendarios rígidos. Innovar es mi tarea ahora, dando un giro.
Mientras cavilo, observo a una pareja de ancianos que pasa delante de mí, un poco más allá, una madre empujando una carriola, sonriente y satisfecha, con su tesoro dentro. Veo a dos adolescentes que se besan cuidadosamente y manoseando sus cuerpos de aprendices. Todos ajenos, todos presentes y con una historia que contar.
Satisfecho, me doy cuenta que debo evolucionar, fenómeno natural al que no me puedo resistir. Mi naturaleza me lo pide. Igual que al halcón, debo circular volar, escribir, gozar de mi libertad. Prohibido quedar estático, debo continuar. La vida me regala espacios, debo rescatarlos para evolucionar y transformar, tal y como lo hizo el halcón, al que recuerdo desde esta silla alta, dando lustre a mis zapatos de piel negra, zapatos que me acompañan todos los días.






