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14 de diciembre 2025

 

Escena I.

Sí, le dije a Jaime, llego a tu casa a las 2 de la tarde… en un tono muy convincente pues sabía que festejaban el cumpleaños de su mamá y que esta cocinaría una de sus especialidades, Mojarras fritas. Intencionalmente, decidí llegar a la casa de Jaime a las 2 y media, pero veo que no había nadie, ni siquiera Jaime, quien me había invitado. Tal pareciera que llegar a tiempo a un compromiso, es cosa de mal gusto, pero bueno, era día domingo, día de descanso y que no solo obliga ir a misa, sino que, además, permite ser descaradamente: ¡Impuntual! Llegué y calladamente me senté en una de las 10 o quizá 15 sillas dispuestas en una mesa larga. Clarita, su madre, habiendo escuchado que alguien había entrado, sale de la cocina, dándome la bienvenida con la calidez de siempre.

Escena II.

Regalé algo muy modesto a Clarita la cumpleañera y me lo agradeció con una sonrisa amplia y generosa, muy a la mexicana. Me ofreció una de las dos cabeceras y agradeciendo la cortesía, le dije que estaba bien donde estaba. Acepté un caballito de mezcal que alguien de la familia compró en Oaxaca y ya anclado en mi silla, llegaron las dos mojarritas que pude devorar lenta y pacientemente, junto con una jarrita de agua fresca de fresa.

Sin buscarlo, me convertí en la aduana por la que tenían que cruzar los invitados a esta comilona, los que al verme muy sentadito y muy serio, me saludaron con mucha cortesía y buenos modos. Jaime forma parte de un familión de 10 hermanos, 6 hombres y 4 mujeres. Todos vivos siendo el más joven de 48 años, hasta la mayor, Clara, de 64 años. Uno por uno se fueron sumando, haciendo ruido al entrar, saludando con mucho entusiasmo.

Escena III.

Como es lógico, todos los hermanitos distintos unos de otros, unos más chaparritos y otros más gorditos. Otros más alegres que otros, unos con una cara seria, sin llegar a tener la jeta arrugada gracias a un carácter agrio. Sin embargo, en todos estaba el rasgo inequívoco de la sangre y la herencia: seres buenos y generosos, rasgos maternos sin duda, al igual que mi amigo Jaime. Por la propia naturaleza de los eventos, no me di cuenta de una mujercita que aseaba el piso con una jerga bien mojada. Limpiaba el piso estando de hinojos, a ras de piso. Lo hacía de tal manera convencida, que daba gusto verla, aunque no la podía ver de pie, cosa que me pareció un poco extraña. Pronto me di cuenta de la razón. Habiendo terminado de la labor de limpieza, una de sus hermanitas le ayuda llevando a guardar el trapeador y la cubeta, auxilio que resulta lógico pues la hacendosa mujercita está incapacitada físicamente y sin piernas y un cuerpo deformado por la enfermedad, salvo su cabecita. Habiendo terminado su labor. Esta joven se acerca a un sillón y se trepa de un brinco. Nuestro personaje usa lentes y estando ya acomodada, de manera singular posa su mirada en mí. Yo me di cuenta de su existencia, ella se dio cuenta de la mía, en silencio. Estando ya sentadita, le dije: – Quedó rechinando de limpio, refiriéndome al piso aseado por ella. Ella sonrió y entonces, se iluminó el recinto.

Escena IV.

Siendo las cinco de la tarde, pensé que era prudente retirarme pues el evento era familiar y yo era un extraño, a pesar de que siempre me han tratado como alguien de los suyos. Para entonces, el salón estaba hasta el tope, con todos hablando al mismo tiempo y con gran algarabía, como es propio de toda familia mexicana.

Ya en el auto, recordé el grato momento vivido, feliz momento, al ver la singular dinámica de este grupo familiar, tan único. Después de haber recorrido unos kilómetros, acuden a mi cabeza los momentos en los que igualmente, gozábamos en casa con mis papás y hermanos con motivo de las fiestas de fin de año, sumados algunos amigos muy cercanos. Esta sensación de felicidad surge avasalladora en mi ánimo y me sorprende. Me asomo a al espejo retrovisor y veo que mis ojos brillan aprisionadas, unas lágrimas. Me emociono y me siento vivo, completo. Olvido que vivo en un cuerpo viejo, con un alma renovada, tal y como reza el dicho popular ¡Vivo y coleando!

Escena V.

Llego a casa y me estaciono. Quedo estático, dominado aún por el inesperado torrente de emociones. Cierro los ojos. Sin intención, sin saber cómo o porqué, recuerdo el momento en el que uno de los hermanos de Jaime entra al salón cuando el grupo ya es nutrido. Viene acompañado de su hija, Soledad, quien amorosamente procura sus movimientos. Trae un bastón como ayuda y rápidamente alguien les hace espacio y se sientan, quedando frente a mí. Lo veo y lo estudio: pelo cano, un rostro sin arrugas y con una hermosa expresión de felicidad pegada. Sin embargo, su mirada es fija e inexpresiva. Hoy está ciego, después de una larga historia.

Jaime me relata: su ceguera se fue manifestando por una enfermedad llamada Glaucoma, la que, como toda enfermedad, es indeseada. Ingrata e incurable, deja a mi hermanito como tú lo ves ahora, ciego. Sin embargo, él tuvo el valor de aceptar esta realidad y hoy, tú lo ves, no está amargado, triste o agresivo con su entorno. Su hermano, el que está enfrente de mí, se llama Eleuterio, para todos: Ele.

Ele se suma al ambiente alegre del grupo y el mismo grupo lo asume como parte de este.

Escena VI.

Continúo estacionado frente a mi casa. Me doy cuenta que mis achaques son peccata minuta, que no son más que eso: achaques y que estos no representan alerta de situaciones graves. Me siento aliviado. Agradezco a Jaime por haberme invitado.

 

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