
La Ruta Tierra Adentro “…la primera columna vertebral caminera
de México, construida con el incansable trabajo físico e invaluable
talento creativo de los pueblos originarios de México, la espada de
los conquistadores españoles, aparejada con la conculcación de los
derechos humanos a través de la esclavitud y la cruz convocante de
las ordenes religiosas que participaron en la evangelización de lo que
fue el territorio del dominio de la corona española, durante los siglos
XVI, XVII Y XVIII.” M. Edgardo Moreno Pérez. Historiador.
En la modesta cocina de la ‘Casa de las Diligencias’, la antigua tradición culinaria de siglos no podía ser distinta. Esta se encuentra en la 2ª calle de San Antonio, esquina con calle Locutorios (Hoy Hidalgo y Allende), punto de descanso de viajeros y muda de animales de tiro, en la ruta de Tierra Adentro que lleva a Guanajuato. Leonarda y su pareja, El Amito, llegaron temprano a este lugar pensando en un nuevo golpe, sabiendo que nuevos e inocentes viajantes partirían a las cuatro de la mañana del día siguiente, en un sufrido y largo viaje de dos o tres días desde la Capital, dependiendo desde luego, del clima y condiciones del camino, pasando por Tepeji del Río, Arroyo Zarco, San Juan del Río, Querétaro y llegar finalmente a Guanajuato. Es importante mencionar que estas vías y caminos prometían el oro y el moro a los maleantes o amantes de lo ajeno, pues eran las vías por donde se acarreaban los ricos productos de las minas de Zacatecas, Guanajuato y San Luis, con destino a la Capital del país.
En las cocinas en la ‘Casa de las Diligencias’ se trabajaban desde un día antes para que todo estuviera listo desde las tres de la madrugada, para atender a los viajeros del convoy de ese día: frijoles de la Olla o naturales, con epazote si eran negros, tortillas salidas del comal, gorditas de maíz quebrado. Al centro de cada mesa, sendos molcajetes con salsas roja o verde y en algunas ocasiones se regalaban deliciosos guisos de carne de res o de puerco, rematando este espectáculo de ricuras, humeantes tazas de café endulzado o acanelado, pulque o aguamiel de los tinacales cercanos. El recinto, colmado de olores y sabores se hacía más estrecho conforme llegaban los comensales, alegrando el ambiente las lámparas de grasa animal que le daban al lugar un tono acogedor e íntimo. Una primera campanada a las 3:30 de la mañana, de sonido grave y discreto alertaba a los viajeros, anunciando la hora de partir, encendiendo la vida del restorán. La salida estaba marcada para las 4 de la mañana, por lo que había tiempo suficiente para un breve aseo personal, acomodo de equipajes y en punto de las cuatro, dispuestos aparejos, animales y pasajeros.
Como han de recordar, nuestros siniestros personajes, agazapados maliciosamente en el restorán, observaban todo movimiento en esa mañana. La pareja de maleantes analizaba sexo, edad, signos de bienestar o riqueza, defectos físicos, así como todo detalle en la personalidad del grupo y hasta si el tiro de animales mostraba fortaleza. Por otro lado, sus compinches buscaban por distintos medios, allegarse información sobre los movimientos de la policía o rurales, vigilantes del orden local, siendo temidos por ladrones y pillos por la ferocidad con que los perseguían hasta tenerlos agarrados por el cogote. Ambos bandos, los buenos y los malos, en sus frecuentes enfrentamientos hacía aflorar su odio recíproco, invadidos por la terrible sensación del miedo a morir.
En esta ocasión, entre los viajeros se encontraba una joven pareja con un bebé de meses y una niña de unos tres años. Esto hizo que los pillos dudaran en su fechoría. ‘El Amito’ convenció a su socia: – Nomás no las tocamos, como siempre… aplicamos el código de no lastimar a mujeres y niños. Craso error, pues la duda finalmente los hizo fallar. Mientras el convoy se alistaba, los pillos se habían adelantado saliendo hacia la Garita de Celaya, pasando por unas mojoneras grandes y la Casa Grande de la Hacienda Casablanca. Agazapados, despuntando el sol al Oriente de la ciudad, ven venir la carroza con su carga de pasajeros: la comentada joven familia y sus dos hijas; un refinado y ya maduro matrimonio de personas mayores; un muchacho cordial y bien parecido. Dos conductores en las riendas y atrás, un guardia sobre un caballo chico y fibroso y con un rifle a la vista de todos.
Los pillos ocultos se apostaron, dos a la derecha y dos a la izquierda. Susurrando, El Amito preguntó a una nerviosa Leonarda. – ¿Qué te pasa?… la respuesta quedó en el vacío. La repleta carreta de pasajeros se acercaba y volvió a preguntar el socio un poco irritado ante la indiferencia de la mujer. – ¿Qué te pasa, pues?.., sólo le contestó
– Nada, amor, nada. Ponte atento… y al grito de ¡Sálele!… los embozados cortaron en segundos el viaje del convoy. mostrando las pistolas al aire y con ambas manos. Con voz atronadora, El Amito ordena al conductor parar la carreta:
– ¡Párate!, ¡párate, cabrón!,,,, párate, que ¿no oyes?
Sin demora Leonarda se dirige a la puerta de su lado y con una actuada y endemoniada expresión, ordena bajar a los viajeros. Las niñas todavía adormiladas, son arropadas por su madre, esta grita
– ¡Mis hijas!… ¡Mis hijas!
Encubierta por un sombrero de ala ancha, viejo y desaliñado, Leonarda trata de calmar a la madre:
– ¡Cállate! las niñas están a salvo!… y sin perder la fiera mirada, logra calmar a la exaltada mujer. La tripulación, dominada por los dos compinches y ‘El Amito’ dejaron a Leonarda hacer lo que bien sabe hacer. Gritando con la voz altanera y dominante:
– ¡Si no quieren que se los lleve el mismo diablo…los bolsos y el dinero en esta bolsa… Usté, también las joyitas. Nadie toca a las niñas… ¡Rápido!… echando tierra a los angustiados viajeros, dando una patada al piso. La voz de Leonarda la transformaba de una manera sorprendente, como actriz dramática, quedando todos helados y sin que nadie atinara a decir o hacer algo. Insinuando estar serena y abrazando a su hija la mayorcita, la madre dice: – Josefa, no te preocupes. La señora no nos hará daño… El chico estudiante simplemente confesó no traer dinero y que apenas pudo pagar este viaje. En 5 minutos, los asaltantes se dieron cuenta de que se habían equivocado con este grupo, por lo que finalmente, dirigieron sus gritos y amenazas a los esposos mayores que mostraban mejor condición.
– ¡Usté, el reloj y la mujer los anillos y cadenas…!
En ese momento Leonarda sintió un golpe eléctrico en su la cabeza, volteando para ver de dónde venía esa insólita energía. Se encontró con la mirada fija de la niña Josefa y que había recobrado la calma. Ésta la miraba con los ojos garzos e infantiles, de manera fija, en actitud tranquila y vivaz y sin mostrar miedo. Todo quedó en silencio y sólo el grito de uno de las maleantes rompió con el encanto:
– ¡Órale, pélenle que nos carga la chingada! -mientras picaba al caballo, levantando polvo-.
Dos largos instantes duró esta escena, escuchándose un grito recio y firme de Leonarda:
– ¡Vámonos…. allá nos vemos!
– ¡Sí, vámonos, aquí no hay nada!… completó El Amito…
Sin entender cabalmente lo sucedido, los hombres salieron destapados tras su lideresa, a galope tendido y lanzando gritos y majadería y media.
Además de la nueva y frustrada aventura, el pasado episodio con Prieto ante la pareja presidencial, las manos fuertes y callosas del Coronel y su encendida mirada, traían a Leonarda inquieta y distraída. Claro que entendió la pregunta que le hiciera El Amito, al preguntarle ¿Qué te pasa? En ese momento no supo qué contestar. Su socio en pillerías la conocía bien y la enojó el saber que este se había dado cuenta de que algo pasaba por su cabeza. Sabía, además, que ocurría algo de mayor gravedad en su corazón. Toda esta carga emocional había dominado a la mujer en el momento crucial del asalto. Ya a salvo de cualquier peligro, se daba cuenta que esas niñas no merecían que las asustaran. Me equivoqué, confesó para ella.
Ya reunidos en el punto acordado, Leonarda vociferaba y nerviosamente:
– ¡Nada, no digan nada!… Perdón mi niño, dirigiéndose al Amito, mañana nos vemos, ya sabes dónde y platicamos. Acto seguido, salió a galope tendido en su yegua preferida, pegándole el sol en plena cara, cubriéndola un cielo azul radiante, propio de esta zona central de México. Conforme pasaron los minutos, logró calmarse y ya serena llegando a su casa, la recibe Apolonia con una obvia pregunta
– ¿Cómo me le fue a la niña?
– Mal, muy mal -contestó secamente Leonarda. ¡No me molesten! ¡No estoy para nadie. ¡Ya estoy harta! y dando un portazo se aisló a piedra y lodo en su recámara.
Apolonia se contuvo de asediarla y maliciosamente sonreía pues ya sabía sobre lo ocurrido por Benito, su marido, quien oculto, presenció lo ocurrido durante el frustrado asalto. Estaba enterada de que habían salido huyendo, aparentemente sin nada como botín.
Este insólito evento no resultó ser más que un susto mayúsculo. La policía no se enteró del asalto, sino meses después y por mera casualidad. Sin embargo, en la cabeza de Leonarda bullían machaconamente, el fracasado asalto, la mirada de la niña Josefa clavada en todo momento, el Coronel, la devoción de la comprometida doña Margarita. Con este caos alojado en su interior, Leonarda finalmente, se dejó caer en su cama y rendida hasta quedar dormida. Al día siguiente, habiendo recuperado su estado de ánimo, alegrándose al recordar la mirada de la niña de los ojos garzos. El tiempo que todo lo ordena y acomoda, premiaría a Leonarda, la mítica Carambada, por este acto de debilidad con Josefa. Esta niña de mirada intensa, llegará con los años, a ser una dama de gran corazón, generosa con los débiles y parte de la Historia de Querétaro y de México. Josefa conoció en México a don Miguel Domínguez, siendo alumna del Colegio de las Vizcaínas y del cual era benefactor, llegando a casarse con él. Posteriormente, don Miguel es nombrado Corregidor de Querétaro y desde esa posición se convierte en uno de los iniciadores del movimiento independentista de nuestro país. De ahí que se conozca a doña Josefa Ortiz de Domínguez, erróneamente, como La Corregidora, sin que ello evite que sea distinguida como una mujer que dejó una huella indeleble en la vida de la ciudad capital del estado y de nuestro país. Todo esto ocurriría cuando la mítica bandolera ya había muerto a manos de la justicia y como resultado de un atraco frustrado en el que sale herida de un balazo, siendo llevada al Hospital Civil, donde murió en 1884.
Leonarda, siempre obsesiva y controladora, le siguió la pista a la niña Josefa, la criatura de los ojos garzos y penetrantes, fuerte de carácter, decidida y noble. Esa niña, a la que llegó a desear como su hija, muy en el fondo de su ser. Fin de la Serie.






