Logo Al Dialogo
9 de febrero 2025

El haber producido en el año del Señor de 2013 mi primer libro: “El Bazar. Charlas con Emilio”, ha sido una de las más grandes satisfacciones en mi vida. Son muchas las anécdotas y detalles que podría referir a ustedes sobre esta excitante experiencia, pero es mejor que no los distraiga con estas minucias, pues lo importante no radica en ello, sino en el resultado final del proceso. Me enorgullece presentar a la amable audiencia, algunos de los mejores textos de este trabajo editorial, resultado de machaconas y satisfactorias sesiones de trabajo, durante las cuales, dicho sea de paso, permitieron definir el género literario propio de mis anhelos y capacidad: el Cuento Corto.

Como todo en esta vida, los logros de cualquiera de nosotros, pobres mortales,  son resultado del concurso de varias personas o instituciones. En este caso, debo agradecer muy principalmente, la participación de Carlos Rangel en la revisión general de textos, la fotografía y los conceptos gráfico y editorial del libro. Mi agradecimiento especial para Araceli Ardón quien escribió el Prólogo y al Maestro Edgardo Moreno Pérez por su brillante Introducción. En el Epígrafe del libro escribí “Consuelo de los Ángeles, mi madre, origen de todo.”

La justicia me hace ser comedido y me siento aún más feliz al agradecer los textos de 4 queridos amigos míos en la 2ª. Ceja del libro: Alberto David López, Lucía Beltrán, Rodolfo Loyola Vera y Raúl Iglesias Flores.

Es mí deber comentar contigo, querido lector, que la recién terminada serie titulada LEONARDA, forma parte de este libro como un preámbulo o una jugosa entrada literaria. Sin más, comenzamos:

 

MAMÁ GRANDE.

Mamá Grande, como le dicen en casa, en sus años mozos y ya siendo madre de  Teresita y de María Guadalupe, es abandonada por su marido estando las niñas muy pequeñas. El blandengue personaje no resiste el convivir con su primogénita, Teresita, quien nace con Síndrome Down, por lo que Mamá Grande se consagra a sus hijas, hasta que María Guadalupe ya rebasando los 20 años, se escapa con un novio al que dizque quiere mucho y de cuya relación nace una bella criatura, Sandra. Así, Mamá Grande se ocupará de estas personitas, por las próximas décadas.

Esperando pasar desapercibida, Sandra entra de puntitas al departamento. Como casi todos los jóvenes, estaba segura de que nadie se daría cuenta de sus decisiones después de la parranda aparentemente exitosa la noche anterior. Sin embargo y gracias a lo justo del departamento, todo lo que en este se mueve queda registrado, como si fuera una telaraña. “El depa” estaba en el 3er. piso del Multifamiliar “Juárez”, en Nonoalco, con una amplia y espléndida vista de la Plaza de las Tres Culturas, sede históricamente importante en las páginas de la ciudad de México, capital del país. Eran las 7:00 de la mañana y cruzaba por la salita, en completo sigilo.

– ¿A dónde vas?

La muchacha brinca asustada al escuchar voz de la abuela, dejándose caer en una silla que da servicio al comedor y a la sala, según convenga. Con voz firme y franca, responde en un tono muy propio

– No abuela, no voy… más bien, vengo… dibujando en sus labios una sonrisilla vivaracha.

La señora fija la mirada, escudriñando, en los ojos de su nieta, sin prejuicio, hasta amorosamente, con un suave tono de ternura pues comprende que su nieta podría estar extraviada en esta etapa de su vida. La mirada inquisitorial irrita a la nieta, pero esta queda advertida de no mentir y no aderezar los hechos.

El pequeño departamento estaba en silencio, apenas iluminado, mientras para sus adentros, Sandra se maldice y se tilda de tonta. Reflexiona y acepta que su abuela a pesar de los años, no pierde su astucia e inteligencia, aunque es común que los ancianos sean señalados por la pérdida de sus facultades físicas y la pérdida de sus capacidades para comunicarse con otros. Nos olvidamos que en ellos anida su verdadero valor: la sabiduría. Lo físico es evidente, lo abstracto está oculto y estos seres tan queridos saben todo, son enciclopédicos y utilizan la compleja red de fibras eléctricas en su cerebro, siendo el paladar otro complejo sensor, al igual que el tacto y los sonidos y ruidos que escucha. Todo lo oye: ¡Todo! Sandra llega al tema que la tiene tensa y se pregunta si la abuela ya sabrá que está  embarazada. – Espero a este hijo con gran ilusión… Yo creo que sí sabe, me lee la mirada la muy cabrona. Mi vientre no me acusa ahora pues solo tengo dos meses y tarde o temprano todos lo sabrán ya sea por mí o por el volumen de mi panza.

Dando un giro espectacular a sus cavilaciones, se pregunta ¿Por qué no logro acompañar a Mamá Grande cuando atiende a Teresita? Aun con sus pocas fuerzas y recursos, atiende a su hija ya con 40 años de edad a cuestas. Cotidianamente platican mientras le acomoda las calcetas térmicas, platican a su modo, como ellas se entienden. Le procura su té verde y cuando le da de comer lo hace utilizando una cucharita dorada, esa que Teresita escogió, mientras le limpia las comisuras de los labios. Mamá Grande es independiente y come sin ayudas, en solitario a sus 91 años, gozando ambas el grato momento de las comidas, logrando una fusión de profundas raíces todos los días. Sandra es testigo de momentos mágicos en lo que Mamá Grande le canta las canciones que su propia abuela le enseñó cuando era pequeña. Vuelve a recriminarse. ¿Por qué me separo de los míos, siendo que me aman, siendo que los quiero? ¿Qué me expulsa de la posibilidad de ser feliz, aunque sea modestamente, sabiendo que la felicidad no se manifiesta por volumen, sino por calidad? Los momentos felices no son ni grandes ni pequeños, simplemente son.

La joven continúa amarrada a la silla que encontró desde un principio y observa los pies de la abuela que hablan de calor hogareño: pantuflas grises y tobillos hinchados, complementando el momento, las manitas en el regazo, jugando los dedos, como tejiendo algo. Rompe el silencio la abuela

– Dame un poco de agua.

– ¿No quiere su tecito verde abu?

– No nenita, sólo agua, procura que no esté fría. La abuela está viva, nerviosa, y Sandra sabe que es por su culpa. Al dirigirse a la cocina por el agua, ve cómo la joven se aleja y le pregunta:

– Caminas como si estuvieras cansada, ¿Pos qué tanto hiciste? …Y la mirada te brilla de manera especial. Sandra se dio cuenta inmediatamente: ¡Ella ya sabe de mi embarazo, ya lo sabe!

En un angosto murito de la cocina, junto a la ventana, el reloj marca las 7:15. Sandra ansiaba dormir aunque fuese un rato para poder estar atenta en sus clases en la Uni. Con el vaso en la mano, caminó hacia la salita cuando una fuerza extraña la lanzó al piso. Extraviada, buscando a la abuela, desde el suelo alcanzó a ver sus pantuflas. En ese momento algo tronó y la fuerza fantasmagórica apareció de nuevo, ahora con más rabia.

– ¡¿Qué pasa?!

Teresita aparece corriendo con la mirada desorbitada, a dos pasos de ella. Las tres mujeres se vieron al rostro y se espantaron aún más. Los vidrios de las ventanas estallaron y Mamá Grande se lleva las manitas a la cara, abalanzándose a cubrirla ambas hija y nieta, pensando que está herida. No alcanzaron a tocarla, pues el piso de abrió abruptamente, el espacio se angostó y techo y piso colapsaron envolviendo a las 3 mujeres que jamás volvieron a estar juntas en vida, por lo menos en esta tierra, justo como lo refirió la Tía Chocho el día del sepelio, amiga íntima de la abuela de Sandra. Tuvieron fin la soledad forzada de la abuela, el síndrome abrumador de su hija, pero sobre todo, la esperanza de Sandra de ser  madre, esperando traer nueva vida en un ser que quedó esperando conocer la nueva luz.

7:19 de la mañana en la capital de la república: Un edificio y otro y otro…. caen entre estruendos, nubes de tierra, gritos mezclados con el horror y el pánico de los segundos….tic, tac….tic….tac…..tic….tac…. Ese septiembre del ’85, un país cambiará por la fuerza incontrolable de la naturaleza. En un pequeño e histórico espacio de una zona capitalina, Nonoalco, sobrevivientes demuestran su solidaridad inquebrantable, confirmando su amor por la vida. Ayudan, apoyan, escarban, alimentan, mientras lloran. En 1985, se exhibe inevitablemente, una estructura política arrinconada y temblorosa, ese monolítico segmento que se suponía debía estar alerta para el bienestar de todos. Tembloroso, el presidente de la república, nunca atinó qué hacer. La pequeña ventana de la cocina, se fue, desaparece desde un tercer piso. Tres Culturas, prehispánica, hispánica y actual, espléndidas las tres, vivieron el desastre. Los ojos y el corazón que las gozaron, ya no están. Sólo quedan los relatos.

 

Logo Al Dialogo
CREAMOS Y DISTRIBUIMOS
CONTENIDO DE VALOR
DOMICILIO
Avenida Constituyentes 109, int.11, colonia Carretas.
C.P.76050. Santiago de Querétaro, Querétaro.
AD Comunicaciones S de RL de CV
REDES SOCIALES
Logo Al Dialogo
© 2024 AD Comunicaciones / Todos los derechos reservados