Al ver entrar a mi amigo Pedro al recinto en el que daría una charla en principio muy interesante, me asaltó una extraña sensación en la boca del estómago. Pedro, sin saberlo, en este evento, estaría declarando su muerte moral, social y política al mostrar su verdadero rostro: ¡Más necio que una mula! La noche anterior me comentó, en base a la confianza que existe entre nosotros, lo que tenía preparado para su lectura desde el distinguido pódium que le regalaban las circunstancias. Al estar enterado de lo que diría al día siguiente, pedí, suplique e insistí a mi amigo Pedro, de cancelar su idea de exponerse públicamente: Le gritaba que a explicación no pedida, acusación manifiesta, que callar es humildad bien entendida será sin duda, menos riesgosa. Pero antes que otra cosa querido lector-a, deseo comentar contigo que es sabido que los Evangelios son enseñanzas que nos serán sin duda, útiles en nuestras vidas. En base a esta verdad y sacado del diccionario popular, rescato aquello de que un Evangelio Chiquito nos dice: ¿Quieres conocer a un hombre? Dale poder. ¿Quieres conocer a una mujer? Dale dinero., verdad que contribuye a reforzar todos aquellos argumentos no escuchados por mi amigo Pedro:
Pedro no hizo caso y estando ya frente el auditorio, bien vestidito, acicalado y relamido, habló y no solamente se incriminó, sino arrastró en su discurso a muchos de aquellos que le rodean, en un imparable tobogán de mentiras, eventos inmorales y engaños. Cada palabra, un clavo; cada sílaba, un rejón de castigo. Cada mueca, una caricatura. ¡Cayó en las redes el león! se escuchó tras las bambalinas en aquel teatro del poder. Fue tal el desaguisado, que podré, en base a un cuentito, ilustrar a ustedes selectos lectores, sobre la importancia de ser personas juiciosas y permanecer apartadas de uno de los 7 pecados capitales: la soberbia.
“Justo cuando todos debían estar yendo a sus nidos, ya tarde, estaban dos chicos golondrinos en plena charla sabatina y con la estación invernal en puerta.
– Todos los años es lo mismo -decía el mayor de ellos-. ¡Ir al sur y regresar todos cansados y jodidos! ¡Una y otra y otra vez! ¿Por qué no cambiamos un poco las cosas? Mira
Amiguito: No vayamos al Sur, vayamos al Norte y así sabremos por qué carajos nos alejamos de nuestro hábitat sistemática y religiosamente, cada año, una y otra vez…
Escuchando tan refinado lenguaje, el más chiquillo le dijo que no, sobre todo por el temor de enfrentarse a lo desconocido. Ir en contra de este proceder, iba en contra de las enseñanzas de sus padres, abuelos y bisabuelos. Revelarse era ir en contra de lo que siempre habían hecho y por lo tanto, él debía actuar del modo tradicional, como su gran herencia… pienso que después de hacerlo por tanto tiempo, debe ser por algo bueno, concluyó convencido y por más que le insistió su rebelde amiguito y a pesar de los argumentos utilizados, no logró mover al jovencito de su negativa.
El rebelde decide entonces, iniciar en solitario esta arriesgada aventura y asi, el día en el que todas las golondrinas parten al Sur, muy de mañana, él sale volando hacia el lado contrario: al Norte.
Ya estando en pleno vuelo y desde lo alto, cautivado por lo que observa, dice: …pues no está nada mal… convencido de que la decisión tomada fue la adecuada. Con la adrenalina al tope y con un vacío en la boca del estomaguito producto del miedo, mientras más se aleja y cruzando la línea ecuatorial, siente que el frío arrecia, pero decide continuar su vuelo, zigzagueando, sin hacer caso del frío que le entumece los frágiles huesos. Para entonces, cuando la capa de nieve alcanza los 50 centímetros a nivel de piso, siente que lo domina el agotamiento. Como valiente que es, intenta recuperar energía animándose: ¡Cómo que no, claro que sí! A pesar del esfuerzo y el brutal e implacable frío nocturno, hacen sucumbir a la pequeña y frágil criatura.
Inerme, se percata de la presencia de un enorme y parsimonioso alce, mismo que se para exactamente sobre ella y justo en el momento en el que su naturaleza lo obliga a “soltar lo propio”, dejando caer sobre nuestra amiguita, una soberbia majada. El calor del deshecho paradójicamente, reanima a la pequeña golondrina. Ésta, apenas se recupera un poco, comienza a gritar, moviendo sus alitas con fuerza “¡Pío! ¡Pío! ¡Pío!”… Estando así las cosas y al escuchar la alharaca del pajarillo, aparece en escena un hambriento lobo el que al observar a la indefensa avecilla y con una amplia sonrisa dice: ¡Mira lo que me encontré sin escarbar!… y de un voraz y definitivo bocado lo engulle. Todo queda en silencio y es cuando muy campante y relamiéndose los bigotes, decide continuar con su rutina.
Moralejas:
Nunca vayas en contra de tu naturaleza.
No todo el que te caga es tu enemigo.
No todo el que te saca de la cagada, es tu amigo… y quizá la más importante
¡Cuando estés de cagada hasta el cuello, no digas ni Pío!