Cada año, invariablemente, todo espacio en este mágico país, México, está plagado de mensajes septembrinos, exaltando nuestra nacionalidad: mensajes en colores verde, blanco y rojo y cursis y recargados elementos brillantes que se podrían ver fácilmente desde la luna. Con este alegre marco y esperando la salida de mi vuelo en uno de los mini-bares en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, me atrevo a contactar a una mujer a todas luces extranjera, que al igual que yo, espera un vuelo. Observo como esta mujer de mediana edad, atractiva y evidentemente cultivada, da sensuales sorbos a su Margarita en una copa elegante y sofisticada. Sostiene un cigarrillo con la mano izquierda y al sentirse observada, me regala con una sonrisa, soltando sabrosamente el humo en su cara, ajena a toda mala intención. – Me atrevo y ocupo uno de los silloncitos bajos que están a su lado y me presento: soy Joaquín.
En perfecto español, con una pronunciación que la hace diferente, me dice que sus padres la bautizaron como Iris y que llegó a México hace 23 años, con las ilusiones puestas en las playas del Pacífico, Puerto Vallarta en especial.
– ¿Por qué decidiste quedarte definitivamente en México? Pregunté con entusiasmo.
– Aquí me casé con un mexicano muy guapo, muy simpático, muy rico y muy tonto… corrijo, no tonto, inculto. Yo, pensando para mis adentros no solo fue tonto e inculto, sino ¡Pendejo! Con este pesado perfil, cualquier atributo o rasgo positivo en este atractivo hombre, quedaban reducidas a nada. Eran destellos que eran más bien, pompas de jabón, al menos para mí.
Pronto, me pude dar cuenta que estaba en pleno goce en un encuentro extraordinario con Iris, encuentro que se enriquecía a cada instante, escuchando su voz saturada de una estudiada sensualidad que, junto al delicado acento extranjero, hacían una combinación pulida y mortal para un hombre común como yo. Se confiesa conmigo, diciendo
– Tuvimos dos hermosos hijos que hoy viven en Estados Unidos, uno en Washington y el otro en California, en San Francisco. Yo decidí quedarme a vivir en tu país, México, por la amoroso de los mexicanos, pero sobre todo, por la generosa calidez de la mujer mexicana y más, cuando esta es madre… Me fascina esa sonrisa franca, abierta, dejando ver su sólida fortaleza espiritual. Cuando ríe, es como un regalo para todos los que la rodean. Me encanta además, la música mexicana y la increíble variedad cultural de sus tantas regiones. Entusiasmada me relata que visitó el Palacio de Bellas Artes, para los festejos de los 60 años del Ballet de Amalia Hernández, con una coreografía bellísima y la música de Moncayo, su “Huapango”. Mira, Mira Joaquín, al tener todo esto en un solo espacio y en corto tiempo, me dije emocionada y con un nudo en la garganta: ¡Oh my God! ¡What is this!
Es entonces cuando Iris me confiesa con emoción manifiesta, que se convierte amante de todo lo mexicano, al conocer la obra y vida de de Frida Kahlo… Mira, aquí traigo su foto… Esculca nerviosamente en su bolso, buscando la foto como si esta fuera la de una imagen religiosa que la acompaña a todos lados. ¡Aquí está! grita triunfante
– La Kahlo, esta Frida es mi abuela, mi madre, mi prima, mi amante, la hija que no tuve…
Dándose cuenta de mi expresión de sorpresa y al ver la baba que recorría mis comisuras, Iris quedó callada por un instante, echando de nuevo y más serena, otra sabrosa bocanada de humo al aire, para luego continuar.
– Por favor, no me preguntes por qué Frida es todo esto para mí… Si conocieras la vida de tu paisana, podrías alcanzar a entender todo lo que digo de esta extraordinaria mujer. De verdad, si no la conoces, ¡Too bad my friend!, regresa a la vida y entérate…
Luego, el sonido local anuncia la salida de nuestros vuelos y quedo en un islote, como desamparado. Agobiado, deslumbrado por la magia intelectual de Iris, sus elegantes poses, su lenguaje pulido, pero sobre todo, el tono convincente de sus argumentos, hicieron que me sintiera extranjero en mi propia tierra. Joaquín la pudo observar a plenitud y de tal manera que nunca pudo siquiera pensar en ella como la dorada oportunidad de tener sexo. Esta dama estaba lejos de cualquier absurdo sueño machista. Joaquín para sus adentros se confiesa
Me doy cuenta que estoy lejos de conocer y por consecuencia, entender mis raíces nativas, de conocer mi entidad esencial. Con sequedad y cierta rudeza acepta, soy un mexicano sin una auténtica vocación nacionalista y peor, carente de una misión espiritual al interior de mi comunidad. Soy un mexicano que quedé atorado en los mensajes de mariachis placeros, en las expresiones cantineras de brindis vacíos y melodramáticos en cada ¡Viva México! Iris, esta mujer que aparece de la nada, producto de la circunstancia y la casualidad, me deja confundido, reducido, sin que ello haya sido su intención. Fueron sus apasionados comentarios y su visión sobre mi querido México, los que me cayeron encima como un muro que colapsa. Su refrescante Margarita” y mi austero caballito tequilero, se esposaron, y sin querer, dejaron un volátil mensaje sobre la mesita del bar. Ella salió a Puerto Vallarta y yo a Mérida. Ella al Pacífico y yo al Caribe. El destino tenía marcada esta fecha, este horario y este lugar en un barecito cualquiera.
Al día siguiente, Joaquín cae en la cuenta de que el largo y generoso litoral de 3,000 kilómetros de México. Esta riqueza claramente plasmada en el mapamundi, le permite decir que son suyos…¡Suyos! Extensas playas, mares de colores diversos que nos invita gritando para ser visitados. Nuestro amigo queda impávido observando los residuos de la taza de café consumido.. Y pensar que hay tantos otros países que a pesar de no tener este maravilloso patrimonio, son ricos…. ¡Oh My God, what is this! Recordando entonces a Iris.