Hace apenas unas horas que nos dijimos adiós en el aeropuerto y queda en mí, aún ese sabor extraño al tener que decirte – A’i nos vemos, tal y como acostumbraba a decirte antes. En este adiós, no hacemos caso de los años que han pasado desde aquellas correrías en nuestro barrio de toda la vida. Ahí gozamos nuestra niñez, juventud y alcanzamos la adultez. Hoy, en esta ocasión, te comenté que el haberte radicado en Toronto, ciudad natal de Lucille, tu esposa, chamaca muy abusadilla, fue una excelente decisión. Pude ver en tu mirada un brillo, una ráfaga de felicidad arrolladora.
Faltan aún algunas horas para llegar a Guadalajara. No creas, siempre me siento como insegura de llegar y renovar, o no sé cómo decirlo, la relación con mi mamá. Cada vez la siento más lejana y como te comenté durante mi visita, habla con mi papá a pesar de que ya cumplió 5 años de que lo enterramos. Platica con él en voz alta, sobre todo estando en la cocina, a la hora de preparar la comida. Toda ella se enciende, toda ella vibra y yo me siento ausente…. Son momentos en los que no existo para mi madre. ¿No se estará volviendo loca?
Hermanito, no sé cómo me sentiste durante la visita que hice a Toronto, pero quiero decirte que por momentos me sentía un poco rara pues, como no salgo nunca y menos tan lejos, pensaba que no iba a resistir estar fuera de la casa mucho tiempo. Inclusive, al aislarme en estas cavilaciones, Lucille tu esposa, me veía, quizá, como a alguien difícil de tratar. No malinterpretes lo que te digo, pues ella en todo momento fue encantadora y comprensiva, sobre todo porque yo no hablo inglés. Y no es porque yo sea tonta, lo sé, pero recuerda que mi papá siempre me dijo que eso de superarse, era para gentes de otros vuelos y que no era propio de mujeres de nuestra clase, nosotras las mujeres cuyo insalvable destino estaba solo en su casa, en ninguna otra parte. Hoy, lo veo claramente, son otros los tiempos y las cosas ya no se miran de la misma manera. Los hogares, los escenarios, el entorno, la colonia, ya nada es lo mismo. La callesota que atravesaba el barrio y que tanto nos asustaba cruzar, hoy es un gran bulevar de 12 carriles. Yo misma soy otra.
¿Por qué será que, cuando estuvimos juntos estas dos semanas, no charlamos de estas cosas y tantos recuerdos? ¿Por qué cuando podemos hablar, no lo hacemos? ¿Por qué será que no puedo hablar con mi mamá? ¿Qué fuerza domina mi cuerpo y paraliza mi lengua que no puedo acercarme a la que me cuidó desde mi nacimiento? Mi madre se alejó de nosotros y creo que fue porque se endiosó con mi papá. Fue él, el centro de la casa…. Lo recuerdo con ese vocerrón que helaba toda voluntad: hasta de ser feliz. A vece recuerdo algunos momentos en los que convivimos y cómo lo veía como un gigante, muy grandote.
Cambiando de tema, te pido que las telas que compré y no me entregaron por no sé qué razones, las recojas y me las mandes por valija: le dejé dinero a Lucille el mismo día en que compré para mamá algunas cosas que espero le gusten, sobre todo el perfumito que me pareció que huele rico. Ella es tan sencilla que estoy segura que no le gustará que le digan que huele bonito. Espero que lo use para la boda del primo Ramón, pues con esa idea se lo compré. Ojalá que puedan venir a la boda hermanito. Será una fiesta muy bonita, pues los papás de ella buscarán lucirse pues son riquillos y tienen su buen dinero. Deben estar felices porque ya salen de su última hija, de cuatro, eso sí, todas feas y sangronas, siendo la menos mensa y hasta simpática y auténtica, es la de Ramón. ¿Sabes?… que siento que Ramón no la quiere precisamente porque es medio pobretón, pero tiene la ventaja de que es más joven que ella. Al final, las uniones matrimoniales son eso: un contrato en el que se especifica lo que se compra y cuánto se paga por ello…. Qué feo que diga estas cosas…. ¿Será Fratelo que por eso no me he casado a mis 39 años? ¡No tengo qué ofrecer! Tú dime cómo me ves en este asunto.
Faltando 30 minutos antes de hacer escala en Tijuana en la ruta a Guadalajara y sin meditar que esto último podría lastimar a su hermano, Tania quedó profundamente dormida, dejando inconclusa la carta pensada para él. La alegría experimentada al escribirla se volvió melancolía y después tristeza. Finalmente, cuando decidió enviarla, no la encontró ni en su bolso ni en el «neceser.»
En casa, estando frente al espejo largo en la puerta de su closet, Tania tuvo entonces la necesidad de platicar con ella misma. Se prometió de nuevo, cosas antes ya dichas como la de dejar su casa para vivir sola o abrir un poco más su escote para «pescar» marido o visitar de nuevo, a su querido hermano.
Tania tendrá para entonces, 40 años y Toronto la estará esperando, ciudad donde el verano regresará a sus plazas, brillando ambas.