
Todos los niños aprenden algo desde el primer día de vida y así, todos los días por venir. Cuando surgen victoriosos del vientre materno, muestran que la naturaleza los dotó de una fortaleza extraordinaria. A partir del momento en el que el bebito percibe la luz primaria, solo distingue sombras que van y vienen en su entorno. Se mueven y así comienza el mágico proceso del aprendizaje. Entonces, descubre que cuenta con el recurso del llanto y aprende a llorar, para demandar un nuevo alimento. Al aprender, comienza a llenar un costal de beneficios que le serán útiles en su futura vida. Los niños aprenden entonces a ser felices. Paulatinamente, van aprendiendo a generar felicidad a los suyos, en casa, en su entorno, en cada instante para sus iguales. Podrán aprender igualmente y con la complicidad del tiempo, conductas que están fuera de regla, aprenderán a llevar padecimientos del alma y del espíritu.
Aceptemos que en general, los niños son pureza y transparencia en sus actos. Nos regalan todos los días cuando hablan, cuando imitan, cuando dejan hablar a sus pequeños cuerpos sin guiones, sin directores. Me encantan los niños, sobre todo cuando estallan con una sonrisa o cuando están dormidos. Siento que no tengo como respuesta, regalos suficientes para los niños: sólo procuro platicar con ellos y jugar con sonidos inteligentes, utilizando el lenguaje y los eventos simples de todos los días. Para purificar mi alma, gozo acariciando sus cabelleras,. Acaricio su piel de seda para conocer la perfección.
Ese niño, ese infante nacido años atrás y que llevo dentro, no puedo desconocer que soy yo mismo y que siempre, siempre, me encontraré acurrucado, imaginando y amando, esperando que algún Dios me traiga una caricia al corazón o un beso en la mejilla.
En Querétaro, Martina, Juan Luis y Rigoberto acababan de desayunar y satisfechos festejaban las delicias servidas. El restorán La Mariposa seguía siendo una maravilla de lugar con ofertas tradicionales, sabroso, no sofisticado -no tan barato-, pero con un buen servicio de meseras vestidas a la usanza de su primera época, muy aseadas, serviciales y sonrientes. Juan Luis comentaba con sus amigos las incidencias de su visita al pueblo Purísima del Rincón, en el estado de Guanajuato y gracias a la insistencia de su mujer y su madre, para que fueran a consultar a Celia, una vidente con buena fama y con la intención de encontrar la fórmula para conseguir trabajo pues a estas alturas ya se sentía desesperado.
– No encontraba trabajo y ellas pensaron que esta mujer me daría las vibras para resolver mi asunto. Yo fui nomás porque soy obediente, pero no voy mucho con esas ondas espiritistas. Es más, no sé si sean espiritistas o videntes o brujas. No sé, pero ahí fuimos.
– ¿Y sí te ayudó?
– Mira, no sé, pero sí les digo que dos semanas después de la famosa visita a Purísima, me dieron la chamba que estaba buscando desde hacía casi dos meses. Les comento que fuimos a donde Celia sin que yo estuviera plenamente convencido, pero me dejé llevar. Llegamos a una casita muy pobre en las orillas del pueblo y nos recibió una mujer cuya edad no pude calcular. Creo que era la mamá de Celia.
– ¿Tendrá tiempo la señorita?
– Esperen aquí… nos señaló un tronco que hacía de sillón y bajo la sombra de un mezquite.
No había modo de hacer citas. Todo al desnudo, sin protocolos, así como ocurre en la vida real. Me doy cuenta que hay otras personas en el interior de la casita y que obviamente llegaron antes que nosotros. Pensé entonces que no nos atendería, pero con un poco de suerte nos recibiría. Martina como toda mujer, pregunta ansiosa
– Esperamos como 15 minutos. No se movía ni una mosca y exactamente cuando comenzaba a desesperarme, apareció la mujer de edad y que pensé que sería la madre de Celia.
– ¿Es usté quien quiere platicar con la niña, verdad?
– Si señora, si es posible. Venimos de Querétaro y mi asunto no es tan importante.
– Mire joven, a Celia no le importan las distancias o la seriedad de los asuntos; para ella todos son iguales y siempre atenderá a los asuntos que su visión le permita. Ella sólo es un medio. Ahora viene y les dirá… apareciendo en ese momento la famosa Celia, mujer no fea, limpia del cuerpo y vestimenta. Caminó
lentamente hacia nosotros, estando bajo el mezquite. Confirma con la señora de edad y le pregunta que si éramos nosotros. Segura entonces de que sí éramos quienes la esperábamos, nos saludó con una voz sedosa y suave:
– Buenos días.
Les comento que me encantó la muchacha. A la limpieza que advertí en ella al principio, se suma la de un espíritu transparente, generadora de luz y con el sensual encanto de una mujer joven, morena y de facciones indígenas. Nos preguntó si el nombre de alguno de nosotros, comenzaba con “J”. Francamente le dije “yo, soy Juan”. Para este momento, les juro, que la comunicación entre ella y cobró sentido, algo diferente.
– Mire señor, no podré verlo hoy. Regrese otro día, un poco más temprano y platico con usted, Juan, verdad? ¡Ya me sentía yo como volando!
– ¡Órale! Expresó Rigoberto, golpeando en el hombro a su amigo.
– ¿Y luego? Preguntó emocionada Martina, agitando su mano diciéndole a Rigo que ya no interrumpiera… ¡Síguele!
Obedecí y retomé el relato. Ella se despidió de nosotros tres y dando media vuelta regresó sobre sus pasos, pero, antes de perderse al interior de la modesta casa, volteó hacia nosotros y enigmáticamente fijó su mirada en mí:
– Juan, ¿verdad?” Respondí que sí con un movimiento afirmativo con la cabeza. Quedé inmóvil, pues fue el momento en el que nuestro contacto alcanzó su mayor nivel. Sonrió brevemente, sin duda enviando un mensaje íntimo de entendimiento entre un hombre y una mujer, lenguaje silente un ser inteligente con otro de igual condición. Rigoberto quedó pensativo y rumiando lo sucedido por las siguientes horas. Se da perfecta cuenta de que está vivo. Está tranquilo, seguro y feliz con lo que tiene… ¡La sesión equilibradora había terminado!
Martina, como mujer susceptible a estas experiencias extrasensoriales, quedó callada. Esto contagió a sus amigos y así, los tres estuvieron por algunos momentos. Juan Luis interrumpe y pregunta
– ¿Ustedes qué piensan?
– ¡Ay Juan Luis, qué pendejo eres hermanito! Expresa ruidosamente Martina. ¡Ni cuenta te diste, como hombre que se supone que eres! El joven responde diciendo
– Sí, las viejas son buenísimas para esto de anticipar cosas o eventos. Advierten qué pasará con la agudeza que les permite el sexto sentido con el que las dotó la naturaleza…
Rieron y bromearon hasta el final de su encuentro sin perder el ligero, aunque profundo sentido de las cosas. Juan Luis se fue masticando el asunto y comenzó a creer en algo que le sonaba engañoso. Fue entonces cuando recordó a su tío Emmanuel, a quien siendo muy pequeño, le llegó a tener un poco de miedo, pues le dijeron que cuando se embriagaba podía llegar a hablar con los muertos. Juan Luis era en aquel entonces, un niño como todos los niños: Inocente.






