
Dios es una entidad divina producto de la eterna búsqueda de la raza humana para comprender su presencia en este terrenal planeta. Esta aseveración choca con lo que pregonan los distintos credos religiosos. En búsqueda de la verdad y antes de cualquier cosa, quiero reflexionar con ustedes querido lectores sobre el particular, utilizando el siguiente relato.
Observo detenidamente a una mujer joven, madre de dos hijos, estando ya trepada en el autobús que la llevará de regreso a su pueblo, llevando productos locales como café, miel de naranjales y limoneros, canela en rama, en un maletín pequeño, junto con recuerdos artesanales de Veracruz. Pero sin duda, lo mejor de todo, es la sonrisa siempre hermosa de la joven, junto con una encendida mirada gracias a la felicidad que invade su cuerpo y su alma. Soy una persona que no cree en Dios, pero al observar a seres tan bellos y llenos de amor, es entonces que me convenzo de que Dios si existe. Después me entero que se llama Elsa.
Poco después de haber creado al hombre a su imagen y semejanza, Dios creó un animal extraordinario para ser su mejor amigo: el perro. Noé debió cargar en el Arca de su creación, con los antecesores de ‘Darla’ y gracias a ello, sus padres fueron los primeros pobladores caninos del Planeta Tierra. En los siglos venideros, los perritos se convertirían, en una extensión de cada persona o una familia, creando un lenguaje virtual y común entre ellos. Aquí es donde la historia de Elsa y ‘Darla´ arrebatan mi corazón y hagan de esta, una aventura deliciosa y emotiva.
Sentadas Elsa y Nieves en la salita de la casa de nuestra viajera. Su inquilina, Nieves confiesa que durante algunos días ha guardado secretamente la perrita.
– Amiga, cuéntame de ‘Darla’, dice Alma. Elsa hace una solemne pausa y comienza su perorata.
– Fue hace apenas 10 meses, en febrero pasado que doña Nieves me dijo: – Oye niña, ¿Tienen un perro allá arriba? Tiene días que escucho chillidos en las noches… Como cree señora, usted alucina! Nieves le había advertido a Elsa que si le rentaba un cuarto, no podía tener animalitos, ni menos un perro. Pero Elsa bien sabía que algo ocurría, pues durante esos mismos días, apenas oscureciendo, sentía que su hijo Luismi, creyendo que su madre dormía, subía a la azotea lámpara en mano. Yo, más lista que mi niño, un día le caí como dicen, con ¡las manos no en la masa, sino ¡En la perra! Ahí estaba mi niño, amamantando al animalito con croquetas ablandadas en agua. Un cachorra de apenas de 10 a 12 días, casi agonizante y buscando el calor de mami. Alma advierte en la cara de Elsa, un dejo de emoción.
– ¿Y luego?
– Pues ahí me tienes suplicando al chiquillo para que regrese al bebé a su lugar de origen. Fuimos al sitio dónde la recogió, pero la madre ya no estaba ni los demás críos. Así, nos vimos forzados a esconderla aquí, en el departamento, ya sabes… sólo por unos días… Francamente, yo pensé que el animalito moriría y que lo mejor era llevarla a la perrera municipal. Pasaron los días y el animalito se repuso y obvio, nos encariñamos con ella, así que se quedó más de un mes, hasta que la señora Nieves explotó. pero entre ésta y otras circunstancias más, ganó el amor de todos por ‘Darla’.
– ¡Ay Elsa, siempre tú, la misma niña protectora!, y levantando la cerveza gritó ¡Salud!
– Contando con el cariño y paciencia de todos, cuidábamos de que ‘Darla’ no fuera incómoda. Todos los días Luismi se la llevaba al rancho a trabajar por la mañana. Por las tardes, mientras él se iba a la escuela, yo la llevaba conmigo a mis rutinas del Diario donde trabajaba. La acomodaba sentadita en mi moto como si fuera mi guardiana. Acompañándome, se recargaba en mi espalda e iba erguida como una señorita muy seria, convirtiendo esta experiencia en una extensión de su espacio vital. Había ocasiones en las que la gente nos tomaba fotos o nos grababa con su celular. ¡Yo, feliz! Luismi la cuidó en todo momento: la bañaba, la alimentaba, la llevaba al veterinario para vacunas, etc. Yo comencé a amarla y ella se daba cuenta. Pronto, en la cama llegamos a ser 3. Nos acostumbramos a ser despertados con los cálidos lengüetazos de la perrita en los pies o en la cara. Ella se integró a nuestra familia. ‘Darla’ fue demasiado especial, muy, muy amada: congruente, leal, sencilla y amorosa, entregándose completa, sin distingos. En nuestra mesa, se enseñoreó un ambiente solemne y Elsa ya no podía parar su relato.
– Luismi, que hacía labores en el rancho, 30 hectáreas, herencia de mi ex marido y que es una historia aparte, se encontraba con ‘Darla’ cuando ella y yo llegábamos. Retozaban, jugaban en el modesto aguaje que acondicionamos y chapoteaban y se enlodaban sin recato alguno. Había veces, que le ayudaba a arrear a las pocas vacas que teníamos, las que nos regalaban suficiente leche para la casa. La mesa es invadida por un silencio largo y extraño. En un tono grave y menos festivo, Elsa continúa su relato
– Te comento que un día dejé en la entrada del rancho a Luismi y a ‘Darla’ como siempre. Por la tarde sonó mi celular y escuché a mi hijo gritando como loco… ¡Mamá, mamá, mi hija se murió, a mi hija la atropellaron, se murió! Salí corriendo a buscarlo y lo encontré con algunas manchas de sangre y con una dentellada en la mano, pues la perrita, en un acto reflejo, al levantarla moribunda, le tiró una tarascada. Fue en la carretera… a partir de ese momento, todo se nubló en casa, y ese vacío lo sentimos hoy profundamente. Luismi no deja de llorar y de lamentarse.
En este instante, Elsa lloró amarga y compulsivamente, amargando el momento que habían construido en la mesa. Nadie pensó en ese instante que una animalito así, pudiera arraigarse tanto en el afecto de una persona o que fuera capaz de inspirar tanto amor y tanto cuidado, a grado tal que por su ausencia, fuera portador de un gran dolor. Recuperada, Elsa comenta
– La enterramos cerca del plantío de naranjales y la lagunita, cerca del apiario que improvisaron Teresa y Luismi. Por primera vez, aparecía el nombre de Teresa en la plática.
– ¿Teresa? Preguntó Alma.
– Sí, mi mayorcita, que terminó su carrera como pedagoga en la Uni Veracruzana.
– ¿Aquella la de la fiesta de los 15 años, las de los años difíciles?
– Esa mera.
Acomodada en mi asiento, miro por la ventana y me siento cómoda, pero con un dejo de tristeza. No sé por qué, pero me invade una sensación de melancolía que es hermana de aquella, teniendo como testigo las curvas de la carretera. ‘Darla’, bonito nombre. Quedo convencida, los perritos son una obra mejor acabada de Dios: son seres perfectos. Estoy segura de que hay un cielo para ellos.






