Visité a la tía Clarita en el asilo. La invité a comer a un lindo lugar en la ciudad y parece ser que acerté, pues pude observar que estaba contenta, pero sin que haya dicho algo al respecto. Al llevarla de regreso a la Cárcel para Ancianos, como ella bautizó al asilo, apenas se cerró el pesado portón, a la tía la envolvió la penumbra de las 7 de la tarde y sintió una vez más, que el mundo se derrumbaba en su interior. Hoy, mañana, pasado mañana y todos los días, los mismos olores, las mismas caras antiguas y secas, las mismas actitudes protectoras de las cuidadoras que convierten a los asilados en seres incapacitados, aún más de lo que ya son por su avanzada edad.
Sofía al llegar al restaurante Bristol en Plaza de Armas, en pleno Centro Histórico de Querétaro, donde la esperaban Patricia y Susana, les dice en un tono apurado
– Acabo de despedirme de mi Tía Clarita. La vi triste y apenas me vio cruzar la puerta del asilo, pude darme cuenta de esa constante expresión de angustia, pena y soledad. Vengo realmente agobiada por esta imagen de sufrimiento. Dirigiéndose a la mesera,
– Deme el paquete 2, con las enchiladas, rojas pero que no estén muy picosas.
Con una joven y fresca sonrisa, la chica toma la orden y con exagerada gentileza, ofrece a Patricia y Susana aquello que para ella, son los más sabrosos platillos.
– A mí dame los Waffles con jamón a un lado y mi cafecito europeo -dice Susana-.
– ¿Y usted? dirigiéndose a Patricia.
– Ando mal de la pancita, déjame ver…
– Le puedo traer un plato de frutas con Yogur y miel
– Ándale, me suena bien. Y dirigiéndose a Susana, ¡Ay cómo aguantas el café tan fuerte! Yo, con una tasa como esa, no duermo en dos días.
Las jóvenes continuaron su charla con trivialidades y eventos cotidianos propios de casa y oficina, pero pronto lo sombrío del tema de la tía Clarita, volvió a la mesa en la voz de Susana.
– Y sí, todo esto que comentas de tu tía, me hace recordar lo que mi cuñado que trabaja en el sistema carcelario del Distrito Federal, me platicaba hace unos días, que él y los reclusos experimentan esa terrible sensación de vacío o miedo a la soledad que, aunque ya conocida, no deja de atemorizarlos. El encierro consuetudinario quiebra hasta al más pintado después de haber cometido un delito. Es soportar todos los días ese pánico que ataca sin misericordia y que los acompañará por el resto de sus días, aunque algunos aprenden la lección. Otros, los menos, esos no tienen remedio.
– Se van a morir siendo malos, tercia Patricia diciendo – Ya me imagino que los ancianos deben padecer esta angustia al entrar a un asilo, sobre todo cuando es barato y de calidad dudosa. Pero corrige diciendo que aun cuando sea costoso, eñ ser un asilado, no deja de ser un encierro que priva de su libertad.
En el ánimo de las tres mujeres se agolparon las consecuencias del tema y se sintieron confundidas, por lo que de alguna manera, se sintieron irritadas. Cada una sabía que se tarde o temprano, enfrentarían al hecho de decidir llevar a sus padres o familiares cercanos, a un encierro tan ingrato como este. Sin darse cuenta, como queriendo salir del embrollo, apuradamente pagan cada una su consumo, terminando así un encuentro que debió resultar más agradable. Con un silencio apretado y más bien convencional, se despiden las amigas.
Sofía se pierde por la calle Pasteur, llevando una carga en su corazón. – No debí traer el asunto con ellas, no había razón alguna detrás. Continúa caminando y casualmente se haya enfrente de la Iglesia de La Congregación- Sin pensarlo y menos deseándolo. Un impulso redentor la conduce y se deja abrazar por el ambiente silente y sobrecogedor que le regala el recinto religioso. Se sincera confesando: – Que los villanos sufran un encarcelamiento, lo entiendo y lo justifico. Pero que los ancianos lo sufran, no es justo, sobre todo cuando su único delito fue haber envejecido sin haber creado un patrimonio, aislados, con la ausencia de caricias amorosas y con vacíos enormes en su conciencia. No es justo que mi tía Clarita, la alegre y compasiva tía, sea dominada por la ausencia de amor, asaltadas por el temor, todos los días, a la misma hora, cuando la oscuridad comienza a meterse en el asilo que la mantiene encerrada contra su voluntad.
Al día siguiente, Sofía y siendo muy de mañana, lloró y se juró dar más tiempo y calidad de cariño a su tía querida, hermana de su mamá. No era justo tenerla viviendo con sus miedos y sus reproches por las cosas con las que la vida la marcó por coincidencias o simplemente porque se equivocó en la vida.