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20 de julio 2025

Para ser el primero en todo, debo ser autocrítico y un juez insobornable.

Solo hasta entonces, habré perdido el interés por acaparar reflectores en mi vida.

Con este rigor, sé que un día podré finalmente, ufanarme de haber madurado.

Franco es un restaurante moderno, refinado, enfrente del Fraccionamiento Jurica, en dirección hacia el Norte sobre la carretera 57 y gracias a esa reiterada necedad de nuestros políticos por utilizar eventos, fechas y personajes de la historia para enaltecerlos. Hoy es la flamante Avenida 5 de Febrero. El restaurante es una versión moderna del Querétaro que hoy gozamos y al que han llegado en las últimas décadas, nuevas caras, nuevos empresarios que creen en este hermoso y pacífico rincón de nuestro país. La entrada al recinto te hace sentir bien al constatar la evidente la mano de un especialista en escenarios arquitectónicos, ingresando a un edificio de una planta que alberga otros negocios del mismo corte refinado y para clientes de clase Media-Alta a Alta. Es un sitio con ese refinado gusto y textura, que se siente, que se pega a la piel, abriendo la mágica expectativa en el paladar. El menú para el desayuno es variado en platillos para dietas tradicionales y uno que hoy recomiendan los dietistas de vanguardia. Su administración y atenciones son la de empresarios que saben bien lo que hacen: Servicio y Calidad son conceptos filosóficos que llevan a la empresa por una ruta exitosa.

Renato y Lucrecia son recibidos con una sonrisa generosa por Francesca la propietaria del lugar. Siendo invierno, les asigna una mesa cercana a un generador de calor. Con la cortesía propia del lugar, les entrega el amplio Menú para Desayunos. Muy pronto, los jóvenes se sienten más cómodos, refrendando la amistad que conservan por años.

– Tu experiencia, le dice a Renato, es muy valiosa y necesito hablar contigo de algo que atañe a mi familia. Verás, mi hijo Tomás, Tom, ya cumplió 17 años y la verdad, no lo puedo controlar, no sé cómo manejarlo… es una edad muy difícil, inclusive para él mismo… ¿No?

Renato un poco sorprendido, dice para sus adentros: ¡Cómo, si apenas hace poco que lo vi y era un mocoso travieso, nada más! … justo igual como sucedió con Paulina, mi hija. Antes de entrar a lo pesado del tema, llama al mesero, para rellenar la tasa de café, previendo por el asunto iba para largo. Lucrecia se enciende y expectante fijando la mirada en su amigo, le confiesa:

– El divorcio de Gustavo y yo, como tú bien sabes, me dejó en una situación difícil. Primero, porque tuve que lidiar sola con el paquete al tener que ser mamá y papá simultáneamente. Hoy, no sé cómo manejar a mi hijo, siendo hombre y sobre todo, en su etapa adolescente. Lucy, en cambio, es para mí un remanso de paz: Una hija maravillosa. Ella es perfecta, siempre obediente, respetuosa y su conducta dentro y fuera de casa es intachable. Además, somos como amigas, es más, nos comunicamos como si fuéramos hermanas. Y ése es mi problema con Tom. Le doy vueltas y vueltas y no encuentro la forma de hablar con él… ¿Amigo, cómo le hago?

– Bueno, para comenzar y antes que nada, en mi caso el asunto es bien distinto, pues yo no he sufrido la experiencia de un divorcio. Me imagino que un divorcio debe ser una experiencia muy penosa y que trastoca la estructura de cualquier grupo familiar, lastima a todos, sin distingo, desde el núcleo… de diversas maneras… a cada uno de los miembros de la familia. Renato hace una pausa, enfrentando la dificultad del tema. Continúa diciendo

– Por ejemplo, la cercanía con tu hija Lucy, aleja en cierto modo, a tu hijo, por celos naturales. Por otro lado, no olvides que los hijos sienten a veces, ser los culpables por la separación de sus padres y en un momento dado, dependiendo de las circunstancias, el hijo o la hija en un afán de justificarse, se alían con cualquiera de sus padres. En el caso de tu Lucy, el culpable de la separación de ustedes, es su padre y de ahí, la unión contigo, su madre.

– Es cierto -interrumpe Lucrecia-, ella se alejó de su papá.

– ¡Claro! -afirma Renato-, abundando en su perorata

– En mi caso con mi hija Paulinita, el entorno fue distinto. Su madre tan tradicional y tan conservadora, choca con la niña, que tiende a revelarse, ya sabes, la cantaleta de las mamas… es que en mis tiempos… es que mi mamá esto y mi mamá esto otro… en mi casa, papá nunca se permitiría ninguna de estas cosas… El choque generacional era inevitable entre ambas y tuve que entrar al quite, preguntando

– ¿Y cómo te fue?

– Pues mi papá, el abuelo de la niña y en una de las tantas visitas que nos hacía, fue el que provocó una reacción en la niña, sin saber que eso enriquecería la relación con su madre. Esta por su lado, se pudo percatar de que había que soltar las cuerdas un poco en la formación de sus hijos, reflexionar sobre la importancia del cambio generacional y sus efectos en las conductas de cada uno de los miembros de la familia. Pudo ver con claridad que lo que ocurre al interior de casa, es fundamento para una convivencia pacífica o infeliz.

El abuelo sabiendo qué hacer, una tarde espléndida después de su siesta, le dice a su nieta – La tarde está fresca y quisiera caminar… ¿Me acompañas a dar un paseíto? Ya en plena caminata, casual y suavemente le pregunta a la niña: -¿Lees? Ella responde confusa -¿Qué? -Que si lees algo, a veces o diario o cuando te da tiempo? La pregunta sorprende a su nieta, logrando captar su atención. Se siente incómoda al tener que aceptar que no lee y responde mintiendo

– Muy poco.

Entonces y sin inmutarse, el abuelo saca del bolsillo lateral del saco, un pequeño libro: “El hombre y el Mar”, extraordinaria obra de Ernest Hemingway escrito durante una corta estancia en Cuba.

Es en este momento del relato que Renato toma delicadamente la mano a su amiga Lucrecia, con un tono amistoso y cálido, intentando hacer el momento más redondo, más efectivo y más amoroso.

– Lucrecia, mira, para hacerte el asunto corto: La comunicación entre dos o más personas, como tú y yo ahora, sólo podrá ser si ambos la deseamos… Atenta, pregunta

– ¿Cómo así? -dice ella-. Su amigo hace una pausa y continúa diciendo

– Mi papá invitó a Paulina mi hija, a comunicarse, caminando, casualmente. Mi papá intencionalmente la invitó a platicar y a reflexionar sobre los beneficios de la lectura, diciéndole: – Cuando quieras ver la vida a través de una novela y te regales algo de tiempo, échate un clavado en este librito. A mí me fascinó y me marcó, mostrándome algunas de las posibles rutas a seguir… ¡Qué importante resultó para mí esta lectura! Después de este episodio, Aurelio pudo percatarse que Pau leía con atención esta novela todos los días y de preferencia por las noches. Con frecuencia continuó invitándola a salir con cualquier pretexto para estar juntos, a veces sin hablar mucho, sin chistar, confirmando que la comunicación en silencio es efectiva y trascendente entre los actores.

Aurelio no se daba cabal cuenta de que el amor entre ambos amigos, se transmitía al sólo sentir a la persona amada a su lado, compartiendo el espacio, juntos, en un silencio musical, en lo que podemos llamar una paz compartida. Un día decidieron invitar a la mamá de Paulina a estos paseos no programados, casuales, en los que lograban comentar sus cosas, ya fuera yendo de compras al supermercado y decidir qué marca o presentación elegir de un producto, respetar el gusto del otro u obtener beneficios en la compra colectiva.

Regresando a su desayuno en Franco, Lucrecia pregunta después de la perorata de su amigo

– Entonces, el mejor método para comunicarse unos y otros, deberá ser aquel que no señale diferencias entre los involucrados?

– ¡École! Sin arrojar culpas, sin señalar errores. Cada actor, uno mismo, como ser inteligente y sensible, deben desarrollar la capacidad de encontrar la verdad, su verdad, aunque este proceso lleve tiempo. Solo hasta entonces la comunicación podrá alcanzar niveles exquisitos…

Después del desayuno, Lucrecia estaciona el auto frente a su casa y por unos instantes la observa. Se siente satisfecha por ese logro, pues ella la compró.

– ¿Cómo hubiera sido todo si Gus y yo no nos hubiéramos separado, si nos hubiéramos comunicado a tiempo?

Mira el reloj y se apura, para pasar por su hija Lucy a la escuela. Ya en el auto, la niña sugiere a su madre pasar por Tom.

– “Qué les parece si nos vamos a comer y de ahí nos vamos al cine, dice Lucrecia apenas Tom entra al auto, Este entusiasmado dice… hoy la escuela me dejó rendido… lo de ir al cine, me parece perfecto… con una sola condición: que me compres unsa palomitas… riendo los tres alegremente. La espontaneidad y frescura del momento alegra a Lucrecia.

Al final del día, ya cenando en casa, Tom saca de la nada el comentario:

– Me encanta Sandra Bullock, ¡Está buenísima!

– ¡Tom….! – le reclama su madre, en un tono fingiendo seriedad, pero con un dejo de travesura, de dulzura y pudor.

Había comenzado el mágico proceso de comunicación entre ellos.

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