“Porque está ahí” es la frase que le acuña la leyenda a George Mallory en su propósito de hacer cumbre en el Everest por primera vez en la historia. A 101 años de ese intento, permanece el recordatorio de que la naturaleza es indomable. Como dueña del mundo, nosotros estamos de paso y lo único que deberíamos prodigarle es un profundo respeto, además de una espiritual conexión, somos a partir de ella. 8 mil 848 metros sobre el nivel del mar (msnm) hacen constancia de tal magnitud. En condiciones más humanas, 4 mil 460 msnm fueron alcanzables para mi terrenal condición; por encima de su indiscutible belleza, el volcán Malintzin, entre Tlaxcala y Puebla, podría llegar felizmente al ombligo del Everest, sin embargo, cuenta con su propio esfuerzo y la preparación es indiscutible para ir paso a paso por sus laderas y están ahí, en la memoria, la paciencia durante seis horas de ascenso, el clima cambiante sobre la desesperanza, la guía y experiencia de la alpinista Sol Castro, el asalto del vértigo y el miedo que sostiene la humildad, la reivindicación de la valía, la insignificancia ante lo majestuoso porque la montaña está en nosotros, en lo que no se enfrenta, accesible ante quien desafía sus propios límites y rompe contra el agobio de un sistema.