Si hay que puntualizar un hecho, es la facultad de escribir. Las sensaciones se deslizan por los dedos en una concertación de ritmos que entornan el nacimiento de las palabras.
Podría decirse que es un estado de éxtasis; quizá para muchos es una liberación. Para mí es un encuentro. La imaginación hace su voluntad; me limita a sólo observarla. No hay fronteras, no hay descanso: es un canal que borra sus bordes. El cliché afirma que escribir es un ejercicio solitario.
Cierto, los procesos creativos se viven en la sombra. Pero hay respiros que empujan el alma fuera del aislamiento: diálogos con colegas entrañables, fugas breves entre artículos cuánticos, la búsqueda de ejemplares antiguos. Escuchar sentimientos rotos, indagarse en el dolor que ha robado viajes.
Atreverse a la carcajada con los insufribles que ven tormentas en cumbres inalcanzables. El recuerdo de Cuba. Hace un año, una propuesta exilió las dudas. Gracias, Verástegui, por el impulso visceral que motivó la reunión de conciencias disidentes, por el espacio ganado bajo tu insistencia.
Narrativas vivas: eso es Voces Exiliadas. Al cierre del primer ciclo gregoriano, aquí seguimos. Y seguiremos escribiendo contra el olvido.