Miguel N. jamás imaginó la confrontación que provocaría al enviar material explícito, sin consentimiento a la red personal de la poeta Naif. En su empantanado juicio aseguró tratarse de un juego. No hay justificación: transgredir la intimidad es violencia sexual digital. Un asunto grave.
Al verse evidenciado con pruebas donde admite la agresión, ensayó una insípida disculpa que delata su postura: suponer que la ausencia de dolo diluye la falta. La irresponsabilidad es alarmante, pero su conducta invasiva no es nueva. Ante la indignación de la poeta Naif, varias mujeres relataron el mismo modus operandi.
Sin sufrir consecuencias, el señalado se ha mimetizado bajo doble moral entre autores independientes, muchos de ellos activistas —unos reales, otros de bisutería—, donde ha sido considerado hermano de letras. El caso expone una realidad incómoda: dedicarse al arte no dignifica éticamente a nadie, ni borra la violencia.
Estos comportamientos degradantes exigen cero tolerancia y rechazo absoluto al silencio. Frente a quienes se esconden detrás de acordes y narrativas, la denuncia colectiva es trascendente para arrebatarlos de la impunidad y el cómodo abismo que los protege.