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3 de agosto 2025

 

La vida nos pone a prueba constantemente.                                                                                 

Hoy me pregunto ¿Qué más hace falta  para demostrar que tengo fortaleza                                                        suficiente para lidiar con ella?

1.

Celia es una muchacha distraída, introvertida. Ella es como uno de esos atardeceres calmos de provincia. Nativa del Municipio de Purísima del Rincón, Guanajuato, al igual que sus padres, vive pegada a las tradiciones y costumbres de su pueblo, imposibles de cambiar. Purísima del Rincón, en el Estado de Guanajuato, en el centro del país, trae pegada a los huesos toda una cultura religiosa haciendo de ésta parte de su naturaleza. Celia tiene 22 años y su madre vive preocupa porque la muchacha no se casa, siendo que ella está muy lejos de pensar en esas cosas. En su casa es feliz, pero, sobre todo, cuando se trata de ayudar a otras personas. A partir del hecho conocido de que tiene contacto con espíritus “del más allá”, la joven ayuda a personas. Ella posee este Don que lo considera como un regalo que Dios o la naturaleza, por lo que su madre le decía:

– Habías de cobrar hija… pero ella sólo respondía encogiendo los hombros, mirando al piso y negando con un suave movimiento de la cabeza. Reiteraba su madre

– Mira, todos quedan contentos y no les pesaría pagar… pagar forma parte de las cosas en la vida. Todos pagamos por todo en algún momento y más en esto que tú haces…

– No mamá, ya le he dicho que no debo hacerlo. San Agustín no me deja, él sabe lo que es bueno y lo que es malo. Este santo señor siempre dijo que a la gente hay que ayudarla porque son nuestros hermanos, más cuando ellos sufren. Las personas, todos, están como perdidos y creo que soy esa voz que los puede ayudar. No me insista en eso madre, por favor…

– Es que mírate hija… dice con un dejo de crítica…  De nuevo, Celia alza los hombros, pero ahora con una mirada retadora de la que huye su progenitora. La joven si bien tiene una personalidad tranquila y armoniosa, cuando quiere mostrar enojo, lástima, gusto y hasta felicidad, lo logra hacer con la mirada, sin duda, un ingrediente importante en la comunicación con aquellos quienes la visitan. Ella misma se dé cuenta de ello y se reafirma en su vocación: Celia no vende, ella sólo regala.

Sin embargo, Celia es rechazada por las mismas gentes de su comunidad, al ser dominadas por el temor al ver como comenta los detalles, los hechos o eventos de cada caso, mostrando una desconocida y contundente voz o en algunos casos, un extraño tono al dar recomendaciones para tal o cual problema. Pero sin duda, los más recios embates vienen desde el púlpito en la voz del cura del pueblo, cuando advierte a los feligreses de que Celia bien podría ser una bruja o una loca de remate cuando da a entender que la Palabra Divina son solo puros inventos. Lo que en realidad sucede, es que este modesto ser humano simplemente posee un poder especial, una inexplicable liga entre lo terrenal y lo sobrenatural.

Su destino le impone terminar exhausta después de cada sesión, ya sea con familiares, amigos o visitas inesperadas, buscando las mejores palabras que expliquen lo abstracto de las visiones o voces que aconsejan a Celia desde su interior.

La familia de Celia vive en un solitario remedo de calle, a las orillas de Purísima. Su papá trabaja las pieles y surte de cuero a las industrias zapateras de León, en tanto que su madre vende nopales en un tianguis igual en León, gracias a una nopalera que está en la loma que da al norte de su casa, y que, en época de lluvias, les regala algunas tunas. La pobreza ha marcado esta casa por muchos años y no hay visos de cambio. De ahí la insistencia de la madre a Celia, para que sacara algo de dinerito de sus consultas como vidente.

2.

– No preocupes, no te distraigas pensando en tonterías, que la solución a todo conflicto, llegará… sólo hay que tener fe y confianza. Eso sí, no dejes de rezar, que es algo en lo que tú en verdad crees. Tu madre sanará y tú estarás tranquila: Ella solita llegará a ese puerto, sin daño alguno. La van a curar todos aquellos que la acompañan. Se va a curar completamente, ante lo cual nuestro Santo Agustín se sentirá satisfecho y feliz de ayudarte.

– ¡Hay Celita! Cuánta paz hay ahora en mi corazón. ¿Puedo venir mañana para traerte una cosita que te hice?

– No, Carmen. Nada de regalos y menos dinero. Quienes sanan, son ustedes mismos que atraen las energías positivas. Yo soy como un cable que pasa corriente y les digo cosas que mis visiones me dicen que diga o haga. Mejor regálale algo a nuestro santo Agustín, él es el que finalmente marca el camino.

– ¡Pero Celia, ¿Cómo? ¿Dónde lo encuentro?

– No hay manera, amiga. Tu continúa siendo una buena hija y hermana, como hasta ahora, procurando amor siempre a los débiles de cuerpo y alma. Tú, sigue el camino recto, continúa pegada con tu madrecita y verás cómo pronto estará contenta y comiendo bien. Así, podrás ver a san Agustín, en los hechos y al gozar de paz interior.

3.

A casi dos años de la consulta de Carmen y su madre enferma, tocan brevemente a la puertita de madera.

– ¿Está Celia, la señorita Celia?

– Sí, sí está, pasen ustedes. Ahora les arrimo unas sillitas. ¿Quieren un poco de agua?

¡Celia! grita con rudeza a su hija. Aquí te buscan unas personas.

– ¡Hay Marianita! qué, ¿ya no me reconoces? ¿Tan vieja me veo?

– ¡Chole! ¡Pero si eres Chole!… reconociéndose ambas mujeres.

– ¿Éste es tu chamaco?

– Sí, pero ya no tan chamaco, ya tiene 18 años. En ese instante, entra Celia a la salita de muros encalichados. Chole se presenta diciendo

– Soy la mamá de la señora Carmen, ¿Me recuerdas? Celita desde luego que no recordaba, hasta que Chole le explica el motivo de su visita.

– Mi hija Carmen no me pudo acompañar, pero vengo yo a darte las gracias pues fue a través de ella que pude vencer la enfermedad que me hacía sufrir mucho… el cáncer se me fue saliendo poco a poco y para siempre. Gracias a ti, apretando las manitas morenas a Celia. Yo no lo creía al principio, pero le puse voluntad y mírame ahora: ¡Hasta me pienso casar de nuevo! Celia la escucha con atención y respeto, advirtiendo en la mirada de la señora un brillo vital. En el saloncito hay un imponente silencio, incómodo y solemne, impuesto por la figura casi sacerdotal de Celia. Su madre observa nerviosamente, como queriendo intervenir, pero sabe que es inútil, su hija está en trance. Celia responde a las palabras de la madre de Carmen

– No sabe qué gusto me da, señora…se expresa disculpándose con voz suave y generosa, diciendo

– Discúlpeme doña Chole, me siento cansada y desde ayer he dormido poco. Me da mucho gusto el verla tan contenta. Siga así y salúdeme a Carmencita, ella está bien, ¿verdad?

– Si… gracias de nuevo Celita. Te he traído una cosita pequeña, nada para ti, algo para tu casa.

– No es necesario doña Chole. ¿Mamá, quiere recibir esto? Con cuidado, llévelo con cuidado mamá…

Celia sale de la pequeña sala, haciendo a un lado una cortinita que hace de puerta, dando acceso a la parte íntima de una casa que se cae de vieja y ruinosa.

 

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