
– ¿Cómo se llamará la niña? -Preguntó el sacerdote-.
– Dominga, contesta su madre con voz fuerte y clara, tal y como corresponde a una mujer recia y dueña de toda situación-. El nombre de la niña, impuesto por los padres, obligó a esta a tomar acción apenas tuvo la capacidad de hacerlo. En un tono ligero le dice a su mejor amiguita….
– Haz de cuenta que, con esa agua bendita, me marcaron como si yo fuera ganado cerrero… como si fuera un toro de lidia… pero algo más serio encerraba en esto. pues entre broma y broma, la verdad asoma. Dominga, apenas tuvo libertad y capacidad jurídica para hacerlo, se cambió el nombre por uno más moderno y más acorde con la vida urbana.
Lo que en realidad deseaban los padres de Dominga estando anta la pila bautismal, era homenajear a la abuela de la niña, imponiéndole su nombre a la nieta. La inconformidad de Dominga fue desde un principio, válida. Argumentaba que no se pudo defender que estando frente al sacerdote y sostenida por su madre. Que su inconformidad no debía estar asociada con un rechazo de la abuela, mujer muy bella, excelente madre y mejor matriarca, dominante al ser muy rica, rol que desempeñaba a la perfección. Estos detalles, realidades y eventos, poco le importarían a Dominga de verdad, pues la señora había muerto para cuando nuestro personaje hacía todas estas deliberaciones. Nada ataba a la niña a su abuela, salvo la sangre que corría por sus venas, a veces afirmando que ni siquiera la llegó a conocer.
Dominga nunca se atrevió lastimar a sus padres, confesándoles su inconformidad por haberle impuesto ese nombre. Todo quedaba en la cárcel de su pecho. Sin embargo, algo tenía que hacer por los constantes embates que sufría de parte de sus compañeritas en la escuela. No la dejaban en paz y la molestaban con expresiones como ¿Fuiste a misa el domingo, Dominga?” o ¿Ya te dieron tu domingo, Dominga?
II.
Para ello, ¡Creó toda esta historia! Se inventó un sobrenombre: ‘Connie’. Cuando le preguntaban el antecedente de éste, contestaba que su nombre real era Consuelo y en casa decía que sus amiguitas, en la escuela, le habían impuesto el sobrenombre, por su parecido a una imagen infantil de moda. Connie desarrolló tal personalidad en sus círculos de amistades escolares y posteriormente laborales, que cuando era llamada en distintos eventos públicos, siempre era llamada “Connie” y sus apellidos. Nadie reparaba en nada más: era suficientemente ella misma, circunstancia que la preparó para el manejo de algún momento adverso o al verse en problemas, diseñar el cómo hacer las cosas para evitar dolores de cabeza. Para ello, había que inventarse y reinventarse todos los días, a cada hora, ante un mundo difícil de asimilar, aun cuando las circunstancias sean a aparentemente inofensivas, como su bautizo.
Connie siempre recordaba al tío Samuel, hermano de su papá, por un dicho: “Abusadilla desde chiquilla”. De todos los parientes, Samuel era el más joven y al tío que más quería, llegando a pensar que estaba enamorada de él a sus escasos 13 años. Así, Connie se desarrolló como cualquiera de nosotros, y se convirtió en mujer, llegando a estudiar una carrera profesional, más por coyuntura que por vocación. Ella siempre soñó con ser doctora.
Su distintivo fue siempre ser competitiva, afirmándose siendo ella misma, salir adelante en todo lo que se proponía. Tuvo que competir primero en casa, en una prole de 6 hermanos y 3 hermanas. La competencia -interna o externa- era su escenario natural, sin adrenalina de por medio, para ella la vida no se podía llamar así. Luchar es la palabra, luchar era actuar y gozar el resultado. Ella gustaba de la presión, sin la cual se sentía incompleta. Connie era guerrera natural y sólo necesitaba un detonador que la impulsara a abrir puertas. Pero la vida que nos llega a pillar en el camino, nos pone trampas. En el caso de Connie, le puso el amor por alguien. Sin ideas claras y envueltas en fantasías propias de nuestra cultura, la joven Connie entró en un terreno minado: el matrimonio, cancha en la que el hombre sigue dictando las reglas y las leyes del comportamiento en lo íntimo y en lo social. Connie entonces, sin saberlo, no sólo entregó el cuerpo, la voluntad y su proyecto de vida. Ilusionada, “entregó la plaza” y se endilgó en una aventura de la cual se arrepentirá siempre. Dos hijos después, se dio cuenta que había que salvar el barco y había que entregar su resto ejerciendo su vocación maternal. Rotundo fracaso.
III.
Un día como hoy, 9 de enero, hace 56 años Connie arribó al mundo de los mortales, se casa y procrea dos hijos. Hace 10 años se divorcia y 5 que dejó de tener relación con su hija, madre de sus 2 nietecitas. El nombre de Dominga, como símbolo de lo indeseado, regresó como acicate en esta fecha al tener que luchar de nuevo, inventarse y reinventarse. Recorrer el camino de su identidad, de su autoestima y retomar la ruta de la dignidad. Había que encontrar a Connie la adolescente y a la Consuelo madura.
Para Connie, este viernes 9 de enero es un remanso, no sólo ser su cumpleaños, sino, además, es el día de la semana proclive para actividades sociales. Se le organizó un festejo simple, reunión de “traje” por lo que hubo comida de sobra, resultando un evento afectuoso con sus amigos cercanos y algunos de sus hermanos, sin faltar su hijo Benjamín. Todo fue austero y cordial, tal y como es ella, sin pretensiones y en un entorno auténtico en el que todo lo que ocurrió, se comió y se regaló, fue generoso. Al final del día, llegó el tempo de ir a la cama. Al final de la festiva jornada, ya sola en su alcoba, la festejada se sentó en la orilla de la cama, antes de abrir las cobijas. Había despedido a los invitados, quienes dejaron un grato sabor en su ánimo. Le desearon salud y brindaron por tu felicidad y la de sus nietecitas, sus hijos, sus papás y sus hermanos.
Connie realiza todo el protocolo facial y de manos con cremas cuidadosamente seleccionadas. A entrar a su lecho, siente las sábanas frescas y seductoras. Hacía frío, pero el pijama de franela la cobija. Entonces, la ataca una grata sensación de bienestar que bien puede llamarse felicidad. Chispas de bienestar al sentirse rescatada. El hecho de recibir muchos o pocos regalos, no fue lo relevante, pues esa etapa infantil había quedado muchos años atrás. La presencia de sus seres queridos había sido más que suficiente. Apagó la luz, aunque la alcoba no quedó en una oscuridad total, pues una farola exterior iluminaba su cuarto. Esta luz, oblicua, hacía que los objetos sobresalieran por efecto de las sombras. Cerró los ojos y se despidió de su almohada, simulando que era alguien. Preguntó: ¿Me faltó algo? No, estuve realmente contenta y sobre todo que mis nietas Lucía y Carmelita, que duermen en la alcoba contigua, me dieron mil abrazos y besos. Veo que mi labor amorosa con ellas da frutos. Después de lo dicho, largó un suspiro auténtico y saludable, de aquellos que liberan el pecho de presiones. La renovada Consuelo percibió el apacible sonido del silencio en su interior y se dispuso a dormir, pero la asalta una duda. …si… todo está bien, pero hay algo que no está…. pero ¿Qué es? Aparece entonces, la combativa Connie siempre insatisfecha, incansable buscadora,
IV.
Empeñada como norma de vida, a encontrar respuestas, al final de un viernes 9 de enero de 2015, día de su cumpleaños, lo dedicó a quitar las amarras semanales, a rescatar la voluntad sojuzgada, a dar rienda suelta a un libertinaje permitido. Ya más serena, en la oscuridad de la alcoba, comenzó a organizar el día siguiente:
– Mañana sábado tengo que visitar a mis papás, a quienes debo mi existencia.
Con una sonrisa de satisfacción en los labios, Dominga y Connie habían alcanzado la madurez.






