Logo Al Dialogo
7 de septiembre 2025

Primer acto

 Recuerdo que aun antes de morir, con voz apagada, me gritaba desde su camita en el Seguro Social, azotando sus pequeñas manos en mi pecho, semejando golpes…

– Te odio, no te soporto, ya quiero morirme para no verte jamás…

Estas palabras fueron golpes de fuego calcinante, que llegaron a un alma destrozada, la mía.

¿Qué razones tuvo para traer 10 hijos al mundo, si por ninguno sintió amor, como alguna vez me confesó? ¿Por qué Maclovia, apenas murió papá, se juntó usté con un señor que intentó meter a nuestra casa? ¿Por qué nos abandonó ante nuestra negativa? Nosotros la queríamos a usté y a mi papá, juntos…. él que siempre fue trabajador, dedicado y hasta amoroso.

En el ánimo de Maclovia, no cabían el orgullo y mucho menos, la soberbia, por lo que estos pensamientos, son traídos más con tristeza que con rabia, al estar frente al féretro de su madre, el mejor que se pudo conseguir. Expresa algo con humor a arrepentimiento, en el fondo, pidiendo el perdón.

– Madre, lo único que quise fue darle siempre fue lo mejor, sin mirar atrás, sin reproches. Ahora que se nos va con sus 94 años encima, recuerdo como cuidaba de sus flores y sus matas y cómo esto la hacían sentir feliz. Recuerdo, igual, cómo le gustaba para la hora de la comida el pollito asado acompañados de sus tortillas y papas, que pedía siempre que no faltaran.

 

La niña buscaba convencer a su madre diciéndole

– Ándele Maclovia, coma. Yo sé que le gusta todo esto, aunque me ponga cara de fuchi. Perdóneme mamá que insista en quererla, pero necesito amar a mi madre, no importa cómo sea ella conmigo. Cristo me enseñó a amar y respetar a mis padres, sobre todas las cosas. ¿Me perdona?

Segundo acto.

Habían transcurrido 24 horas después de que la anciana Maclovia ingresara ocupando una cama cualquiera en el IMSS, producto de un infarto. Fue internada después de una caída en su casa, haciendo limpieza, accidentes mortales o de graves consecuencias para ancianos de más de 90 años. Aunque los doctores abrigaron esperanzas en todo momento, más por vocación humanitaria, que, por su objetivo de salvar vidas, Maclovia murió. Un velo pastoso llenó la habitación, colaborando a ello la hora crepuscular. El parte médico decía la hora: 18:50.

– Este corazón ya trabajó mucho, debe descansar, le dijo la doctora. Cerró con fuerza sus ojos y entró en un tobogán de sensaciones, con una inercia que se alejó semanas después.

Tercer acto.

 Siendo la mayor de las mujeres y segunda de la prole de 9 hermanos, arregló todo para enterrar a su madre. No reparó en gastos ni en esfuerzos. El día que la velaron, casi todos los hermanos se acompañaron, aun estando dispersos en distintos estados del país o del otro lado, como mojados. Sin embargo, hubo algunos que simplemente no quisieron estar presentes en el acto luctuoso.

El cuerpo de su madre fue colocado en una lujosa caja de madera, coronada por un sólido Cristo de metal dorado con la peregrina idea de que, con ello, se estaría asegurando un lugar en el cielo para su espíritu. El recinto se colmó de flores, muchas flores blancas y muchas rosas, como las que cuidaba la difunta en el patio de su casa. Para los asistentes, se dispuso comida tradicional y café con piquete. Llamó la atención que una de las hermanas de Maclovia, llegara al recinto con un ramito de nube, flores silvestres, que fueron cortadas con un afecto forzado, pues esta joven era una de las que poco participaban en los eventos familiares.  De nuevo frente al féretro y regresando a un inconcluso reproche:

 

– ¿Mamá, por qué no permitió que vacunaran a Francisco, su hijo menor, contra la Polio? ¿Por qué lo condenó a quedar, finalmente con dos prótesis en sus piernitas, a los 13 años? ¿Por qué no aceptó la ayuda de los doctores que, en una campaña de solidaridad con los pobres de este pueblo, le pudieron dar atención gratuita por 5 años, mientras que usté nunca lo visitó, nunca le dedicó una caricia, una palabra de aliento? ¿Por qué madre, en cada visita mía, silenciosamente aceptaba el dinerito que le daba con cariño y desinteresadamente? ¿Por qué no tuvo un gesto de agradecimiento al menos con una sonrisa, cuando le armé la tiendita para ser independiente? ¿Por qué, al contrario, siempre merecí regaños? ¿Por qué no asistió al entierro de Francisco, mi hermanito adorado, después de morir asesinado estúpidamente en una refriega entre familias, situación a la que era totalmente ajeno, pero que tuvo la desgracia de estar en el momento y lugar equivocados? ¿Por qué nuca aprendió a quererse y por qué nunca supo querer a los demás, sobre todo a sus hijos? ¿Por qué fue tan egoísta, mamá, y nos dejó a la deriva? ¿Por qué, mamá, por qué?

Ensombrecida por esta cruel revisión de las cosas, la hija reclama ser amada y reconocida, aspirando a unos instantes de felicidad, por cortos o efímeros que fueran. Se reprocha diciendo ante el féretro

– ¿Por qué me entrego y no me recibo nada de regreso? ¿Por qué busco y no encuentro? ¿Es ésta la respuesta que recibo de Dios? ¿Así es la ruta hacia la vida eterna tan prometida? ¡Qué dura es la ruta, que ingrato el camino!

– Alguien se acerca con delicadeza y le dice, coma algo… nopalitos, algo de barbacoa con salsa roja o un taco de cochinita, por favor, un café de olla… es bueno que acompañe a su madrecita, ya sabe cómo era de buena y cómo siempre nos cobijó con su cariño. Ahora está con Dios. La vamos a extrañar mucho.

Cuarto acto y final.

 Al final y después de una semana de haber enterrado a su madre y con el recuerdo de la muerte de su hermano Francisco, eventos que la colmaron la tristeza, la mujer lloró larga y amargamente. La muerte de su madre movió las tierras de otros tiempos y otras lluvias, lodos de las mismas aguas. Hoy, soltera y en un cuerpo de apenas 52 años, debía seguir siendo la madre sustituta, maternidad obligada desde su modesta trinchera en un rol que le dejó la vida para cuidar de lejecitos a sus hermanos y hermanas como si fueran sus hijos. Su sino ha sido siempre ser buscada para aliviar problemas, atacada por los ingratos cuando se atreve a protestar por algo.

La soledad pesa, me confesó un día.

 

Logo Al Dialogo
CREAMOS Y DISTRIBUIMOS
CONTENIDO DE VALOR
DOMICILIO
Avenida Constituyentes 109, int.11, colonia Carretas.
C.P.76050. Santiago de Querétaro, Querétaro.
AD Comunicaciones S de RL de CV
REDES SOCIALES
Logo Al Dialogo
© 2024 AD Comunicaciones / Todos los derechos reservados