Cuando conocí a Jorge García, un sol calmo adornaba La Habana. Los ecos en Casa de las Américas descubrieron una melodía surcada a fuego, el puño inconforme desafiando un sistema.
“Salgo en busca de arroz y regreso con libros”, proclama hiriendo al socialismo. Aunque versa que la poesía mata cuando te dejas la piel por ella, Jorge (Poe Cid) busca diversas formas de salvarse, desde el clavo que habitó accidentalmente la ingle de su padre, la inocencia creciente de su hijo, el hambre incontenible de su madre. El presagio es no cederse al olvido y, pronto, un documental sobre sí y su obra, nombrado ‘El animal cierra los ojos’, aparecerá en las pantallas. Como bien lo hace Cuba, honra a sus próceres en vida. Jorge, poeta galardonado, prevalece en los pensamientos de los jóvenes con una afilada sutileza que agita conciencias. No promueve arengas ni gritos, tampoco exalta emociones frágiles. Pocos pueden lograr belleza en el desastre y él es la mano que palpita sobre una hoja, palabra que brilla entre crisis y apagones. Pese a la adversidad, mi hermano poético, emerge en una reconciliación libertaria que se eterniza en el lado sano de una lagrima.
“Esto es el viento, no intentes encerrarlo, podrías verle el rostro. Jamás lo olvidarías”. JGP.