
Dedico este relato a mi hermanita Rosa Isabel, mujer ejemplar
como hija, hermana, novia, esposa, madre y abuela.
Prodigiosa ruta la suya, con su sonrisa eterna.
¡Cuánta alegría y felicidad la de esta dama!
José Manuel es un chico de 14 años. Como cualquier niño que se precie de ser feliz, vive con sus padres y dos hermanitas, aunque él hubiera preferido que una de estas fuera varón, para así, tener un amigo y compartir los gratos momentos al jugar a ser intrépidos pilotos o guerrear hasta la muerte con las almohadas. Así, además, no tendría que ser tan cuidadoso para no lastimar a sus hermanitas. José Manuel, por lo tanto, se siente incompleto, situación que sus padres no pueden remediar, a pesar de que el muchacho les pide le traigan un hermano para tener un amigo. Los papás sonriendo ante tal candidez, le contestan “Ya veremos, a ver qué dice la Virgencita o Papá Dios”.
Con estas palabras, los padres de José Manuel son ahora los cándidos al asumir que el chamaco está todavía en la edad en la que esas respuestas eran válidas, por lo que José Manuel, solo ríe para sus adentros. Las cosas así y en esa paz hogareña, terminando de merendar, José Manuel se planta frente al televisor para escuchar las noticias, mostrando madurez, cosa que llama la atención de todos, pero el chico sólo hace eco de lo que su padre recomienda cuando dice que hay que estar enterado de lo que acontece en nuestro país. A la larga, esta disciplina le traería beneficios, pero por lo pronto, el muchacho se entera de las notas rojas, escudriñando aquellas más sofisticadas de la política y la economía, que, sin darse cuenta, le generan más dudas.
Una noche cualquiera, escucha con atención un reportaje en el que se expone el abuso y discriminación a la mujer en el Estado de Querétaro y particularmente en 5 o 6 comunidades importantes. El reportero abunda en el contenido del asunto, rescatando de diversos archivos periodísticos imágenes que ilustran imágenes en vivo de algunas mujercitas haciendo cualquier cosa y en cualquier lugar, imágenes de mujeres en activo. Pero estas mujeres, independientemente de su edad o condición, son seres humanos que no importan, son parte de un escenario que da color a la noticia y que, para el lector común, son mensajes intrascendentes. Una de estas tantas mujercitas es Macedonia, indígena con antecedentes sanguíneos chichimecas, hablantes de la antiquísima lengua Pame. Esta joven vive en Bernal, Delegación del Municipio de Ezequiel Montes, Querétaro. Este punto geográfico se idéntica como la entrada a la zona serrana quretana.
No hay nada que haga que se fijen en ella, nadie se da cuenta de la existencia de Macedonia. La crueldad inherente al reportaje de José Manuel, en Macedonia se hace mayormente crudo y dramático el hecho de no existir. Todo en su entorno la niega en su condición de indígena, viviendo encubierta por la pobreza tradicional del campo mexicano y, sobre todo, como mujer inmersa en una sociedad de machos dominantes.
Macedonia tiene 17 años y desde los 14 dejó de ser niña al alcanzar la categoría biológica de mujer. El reportaje de José Manuel, muestra a esta mujer barriendo el patio de su casa y con la docilidad propia de una monja, empujando la sempiterna escoba a la que vive pegada desde pequeña. No habla, no mira, sólo barre. La muchacha, sin embargo, se reconoce como un ser vivo, que busca defenderse de la marginación, del olvido, de las tradiciones que aniquilan, de la cocina que agobia, de los golpes verbales del padre y las escasas caricias de una madre que sólo la defiende por instinto de las agresiones de aquél. Macedonia vive en Bernal, Pueblo Mágico, sin que éste hecho colabore en algo para que sea distinta: Ella simplemente es parte de una estadística. Habitantes, tantos; hombres, tantos; mujeres, tantas. Habitantes que hablan una lengua nativa, el Pame: hombres tantos, mujeres tantas. Tantos hombres y mujeres con estudios de primaria o tantos y tantas sin estudios. Estadísticas que encierran a la muchacha en un espacio sin destino.
Macedonia vive teniendo como marco espectacular la Peña, monolito que, a la distancia, permite advertir al viajero la cercanía con Bernal. Al pueblo le cabe el orgullo de que la enorme piedra es uno de los tres mayores ejemplares en el mundo, dato que a Macedonia ni le va ni le viene. Ella solo está interesada en asistir durante el mes de marzo y año con año, al Festival del Equinoccio de Primavera, al igual que miles de personas propias o extrañas, gracias a la fama generalizada de que al asistir a este evento, los cuerpos y los espíritus de las personas se recargan de energía. Macedonia se une a este jolgorio comunitario y aprende a ver y hacer las cosas de manera distinta, aspirando a vivir en paz con ella misma y, consecuentemente, con los demás, enseñanza de los abuelos.
Mientras que el mundo no le ofrece nada jugoso, la presencia de sus abuelos maternos la conforta, al igual que platicar con las gallinas cuando toca recoger los huevos o al cortar garambullos en el cerro y devorarlos sentada, teniendo al frente un cielo azul en un atardece decorado con girones rojos y naranjas. Fuera de estos momentos, el día pasa lento y el solo barrer para la niña, se convierte en terapia. Entonces es cuando Macedonia se da cuenta que vivir tiene sus lados buenos, sólo hay que encontrarlos, saber cómo saborear cada ángulo de las cosas. Hay veces en los que, cerrando sus ojos, escucha los ruidos de su casa, el lenguaje de los animales o una gansa de quien se hizo amiga, la que la sigue amorosamente a todos lados y con la que llega a platicar:
– Tú no eres gansa, tú eres pata. Todo el mundo te ha hecho creer que eres gansa, pero no:
Tú eres pata y pata te quedarás…y con una carcajada sonora, salía corriendo, sabiendo que
‘Patita’ saldrá corriendo tras ella.
Macedonia juega e imagina. Escucha al viento que mueve los follajes, produciendo susurros musicales, polifonías corales. Este orden así musicalizado, hacen de las largas horas de Macedonia, una delicia cotidiana. Hay veces que se acuesta sobre el césped, boca arriba, mirando las nubes y se pone a dibujare personajes de los cuentos que ella misma se inventa. Cuando le preguntan en casa, la razón por la que sonríe sin razón aparente, ella les cuenta de cómo se cayó en el corral, queriendo agarrar a una de las puercas… puras mentiras, sólo mentiras que se le ocurren. A la niña le gusta mucho bailar y brincar bajo la lluvia, con libertad absoluta. Abriendo la boca, afirma, se embriaga con agua del cielo, agua divina.
Esta joven mujer pronto en su vida, aspiró a convertirse en actriz, guionista, coreógrafa, directora o tramoyista. De la noche a la mañana, resultó fotógrafa de locaciones inéditas y experta en iluminación para efectos especiales. Ensayaba, por las noches, estando sola, para parecer que reía de verdad o fingía que lloraba o mostrar ira y enojo. Macedonia era libre corriendo como loca, queriendo agarrar abejas, mosquitos y moscas. Aprendió de memoria el guion para ser feliz, puso en On la convivencia con ella misma, con sus sonidos y sus inventos. Estaba a una pedrada de todo, a un paso de un clik. Macedonia nunca se aburría, aprendió a ser su propia amiga.
Incursionó y navegó en y con su espíritu, como si alguien la hubiera sacado de una tumba. Se liberó de la niña formada en una casa enclavada en las silenciosas y cristianas calles de su amado Bernal. Se hizo inmune a la rancia influencia de una administración pública anquilosada, ejercida desde la silla del presidente municipal o la del gobernador del estado. La mujer mexicana inexistente para todos, vino a rescatarse ella misma al vibrar con sus sueños y sus esperanzas.
Muchas veces reposando su cabeza en la almohada, confesaba que le gustaría ser doctora. Que le gustaría que el Chema le dijera que la quiere y le diera un beso. Que el muñeco de la Rosca del Día de Reyes, fuera de carne y hueso. Volaba en la escoba que la ata a este mundo ingrato…
– Llévame escoba, amiga, como llevas al Potter.. ese que vi en la película, que nos quiso engañar… pero que, para mí, es solo un cuento.
Macedonia, en la alcoba, envuelta en la intimidad nocturna, cuidando que nadie la vea, se sienta en la orilla de la cama, recorre con suavidad, los muslos morenos, recios por el trabajo, sugerentes y redondos. Enfrente, en un espejo pequeño, observa su pelo negro, brillante, nuevo, contrastando con los sobresalientes e intocados pechos de seda. Vuela cerrando los ojos y escucha las voces que surgen en la oscuridad, voces nocturnas que brotan de un alma de 17 años, queriendo ser, queriendo expresar, buscando un sitio en el universo. Echa su cuerpo a la cama dejando la cabeza al aire, viendo todo al revés. Calladamente dice:
– Para qué nos preocupamos, si todo es lo mismo, si todo sigue igual… ¡Sólo que al revés!
¡Ay Mace, estás loca de remate, mira que pensar que las cosas no son, cuando realmente son!
La oscuridad de la casa, oculta el monólogo de Macedonia, quien, de verdad, quiere a sus padres y a sus abuelos, pero que necesita salir a encontrar los nuevos mundos que su imaginación le regala. Cierra los ojos, entrando al mundo de los sueños:
– Las piernas y los sueños son para eso: Para echarnos a caminar.
En el silencio absoluto de la casa, ronda una verdad: Nadie se imaginó que una cámara indiscreta tomaría por sorpresa a Macedonia, queriendo ilustrar el atraso y abuso en el que supuestamente vive. Los reporteros jamás imaginaron la fuente de luz y de vida que surgían en esa niña que barre mansa y dulcemente, como una monja, esa niña que vio un joven adolescente en las noticias nocturnas, de una noche cualquiera, después de la merienda.






