Era tormentoso escucharlo narrar su crimen envuelto en éxtasis. Sus ojos exorbitados y la respiración agitada contrastaban con su impecable porte y dominio del lenguaje. Meticuloso, desmenuzaba cada corte, cada mutilación realizada a su víctima casi con una precisión quirúrgica. Había escudriñado cada particularidad, cada recoveco de su presa, sus gustos, sus manías.
Confesó cómo planeó con exactitud dónde y qué miembros amputó a su última víctima, detalló los instrumentos y forma en que irrumpió su castidad. Incluso, narró cómo cauterizó quirúrgicamente las incisiones, dejando cicatrices de simetría perfecta que se camuflaban con la piel, casi imperceptibles al ojo no entrenado. Era un psicópata apostólico, usaba la seducción para atraer a su presa y someterla a su juicio.
La víctima había sido la hija más pequeña de la reconocida escritora Sofía Montalvo, sus restos fueron hallados inertes en el suelo de la sala donde ocurrió el crimen. La madre, al ver el cadáver, perdió todo glamour y, por primera vez, se le vio fuera de toda pose, completamente desencajada.
“No habrá más víctimas, señora Montalvo, lo atrapamos”, dijo uno de los oficiales. “Por fin, cayó Assassin Text, el editor”.