Me tomo un momento para reflexionar sentada en la banca del parque, frente a mí se extiende la estatua y la frase más célebre del Benemérito.
Las redes, los noticieros y las pláticas de las personas que el día de hoy se atraviesan en mi camino todas tienen un ingrediente que me hace cuestionarme la cualidad idealizada de humanidad que solemos atribuir a los seres. La realidad que hemos construido es una herida abierta palpitante de violencia.
Un transeúnte pasa a mi costado, vocifera por teléfono a su interlocutor consignas a favor de las acciones tomadas por uno de los líderes internacionales mientras evade de manera brusca a una señora de edad avanzada que le pedía ayuda para recoger una bolsa que se le cayó de las manos y no puede levantarla porque las rodillas ya no le responden como antes.
Me avecino, ayudo a la señora, y mientras camino de regreso a la banca pienso en cuánto hemos desgastado las palabras que ya no entintan nuestras acciones: