Durante años el debate sobre igualdad se centró en el acceso a la educación. Hoy, al menos en México, esa parte parece superada: las mujeres ya somos mayoría en las universidades. Según datos de la SEP y análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad, alrededor del 53-54 % del alumnado en educación superior somos mujeres.
La buena noticia es evidente: más mujeres estudiando, más formación, más oportunidades.
La pregunta incómoda viene después.
Porque cuando revisamos qué carreras estudiamos y quién toma las decisiones, la historia cambia. En áreas STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas— solo tres de cada diez profesionistas son mujeres, y en ingeniería la proporción puede ser incluso menor.
Es decir: sí llegamos a la universidad, pero no necesariamente a las áreas con mayor salario, innovación o poder económico.
Y cuando miramos el mundo laboral la brecha continúa. Las mujeres seguimos ganando menos, participamos menos en el mercado laboral y dedicamos más del doble de tiempo al trabajo doméstico y de cuidados. El país funciona, en gran medida, gracias a ese trabajo invisible.
Por eso el verdadero debate ya no es si las mujeres podemos estudiar.
El debate es quién dirige las empresas, quién toma decisiones y quién sostiene el sistema de cuidados del país.
Porque la igualdad no se mide solo en las aulas. Se mide en el poder, las oportunidades y el liderazgo.