Paloma Espinoza Cházaro/Ciudadanía y Café
@palomaechazaro
Tal vez la verdadera pregunta nunca fue si México estaba listo para recibir un Mundial. La verdadera pregunta es si, después de tres mundiales, seguimos siendo el país del “ya merito”.
Ya merito terminamos las obras. Ya merito resolvemos la movilidad. Ya merito mejoramos la seguridad. Ya merito modernizamos los servicios públicos. Y, mientras tanto, la fecha del Mundial ya llegó.
Durante unas semanas veremos estadios llenos, turistas, banderas, cámaras internacionales y una narrativa que nos recuerda que somos un país capaz de organizar eventos de talla mundial. Y es cierto. Lo hemos hecho antes y seguramente lo volveremos a hacer y bien.
Pero también existe una realidad menos fotogénica.
Porque mientras millones de personas celebrarán goles, hay estados donde la violencia sigue marcando la agenda diaria. Mientras discutimos quién será campeón, seguiremos preguntándonos cuándo llegarán soluciones a problemas que llevan años en tiempo extra.
Y aquí aparece una especie de magia muy mexicana: durante los grandes eventos internacionales parecemos habitar un país paralelo. Uno donde todo funciona, las calles brillan y los problemas toman vacaciones temporales. Ojalá el legado del Mundial no sea únicamente una buena inauguración o una fotografía para redes sociales.
Porque después del último silbatazo, los turistas regresarán a casa y las cámaras se apagarán.