En política, pocas cosas son casualidad. Y con la reforma electoral, la pregunta es inevitable: ¿el famoso Plan B realmente era un plan alternativo… o siempre fue el plan principal?
Sí, una reforma electoral es necesaria. Nadie discute que el sistema puede mejorar en costos, eficiencia y operación. Pero el punto no es si se reforma, sino cómo.
El Plan A fracasó por falta de consensos. El Plan B avanzó con mayoría simple. Y ahí comienza el ajedrez político: alianzas que suman, aliados que dudan y partidos “pequeños” que terminan teniendo el peso de una jugada clave. Porque en un sistema que exige mayorías calificadas, no todo se resuelve con voluntad… sino con acuerdos.
El problema es que una reforma electoral no puede construirse sobre atajos. Cambiar reglas sin consenso amplio debilita la certeza jurídica, genera incertidumbre y abre la puerta a interpretaciones discrecionales.
El debate de fondo no es técnico, es político: ¿queremos un sistema más eficiente… o uno más controlable? Porque cuando las reglas del juego cambian en medio de la partida, ya no hablamos de reforma… hablamos de estrategia.