Durante la pasada Convención Nacional Bancaria celebrada en Cancún (18-20 de marzo), la presidenta Sheinbaum habló sobre la digitalización del sistema financiero, como parte de una estrategia para ampliar la inclusión financiera. Considerar los pagos digitales frente al efectivo como un avance en la inclusión financiera, es una falacia.
Digitalización no es inclusión. De acuerdo con la Encuesta de Inclusión Financiera 2024 del INEGI, ésta inclusión se define como el “acceso y uso de servicios financieros formales bajo una regulación apropiada que garantice esquemas de protección al consumidor y promueva la educación financiera”, e infiere que se debe priorizar a los grupos más excluidos y vulnerables: personas mayores, personas indígenas, afrodescendientes, y personas con discapacidad o de bajos ingresos, además de microempresarios.
De acuerdo con el Banco Mundial, la inclusión financiera en el mundo muestra un avance significativo en los últimos años, aunque aún existe un 75% de pobres sin cuenta bancaria. México ha mostrado avances, pero sólo con el impulso de programas sociales como las pensiones (adultos mayores, mujeres, estudiantes, etc.) y del “Banco” del Bienestar, por medio del cual se facilita la entrega directa de una pensión a millones de personas.
Llegar a más personas a través de limosnas bimestrales por medio de una tarjeta, no implica inclusión financiera ya que ello no genera un uso sostenido de servicios como: ahorro, crédito, seguros y remesas; sólo se trata de una forma de depósito para pagos.
Una verdadera inclusión implica el acceso a crédito formal y mayor capacidad de ahorro y planificación para emergencias, todo bajo estrictas normas de seguridad. Lograrlo requiere de mejor infraestructura (sucursales, corresponsales, canales digitales), educación financiera, regulación que proteja al usuario, y productos diseñados para bajos ingresos.
El reto es tratar de involucrar a personas en zonas rurales y comunidades remotas sin acceso a agentes y conectividad, desarrollarles habilidades para el uso de productos digitales, y evitar obstáculos de identificación que excluyen a personas sin documentación completa.
Crecer en inclusión financiera requiere de programas de alfabetización financiera y digital, especialmente dirigidos a mujeres y adultos mayores en poblaciones rurales, simplificar y ampliar mecanismos de identidad, más allá de lectores de huellas digitales que ya no registran las de los adultos mayores. La inclusión financiera va más allá de considerar sólo a pequeñas y medianas empresas como lo refirió la presidenta en la Convención Bancaria, sino al grueso de la población. Se trata de generar iniciativas que ayuden a las personas a abrir cuentas formales para un uso sostenido a través no sólo de depósitos sino de administración de su dinero.
Ese es un reto para la actual administración en una época en que la economía va mal, los productos de primera necesidad se encarecen y las dádivas a los adultos mayores se van en compra de medicinas, pero no en favor de su salud financiera.