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7 de julio 2026

Laura Aguilar

Las ciudades no se construyen únicamente con calles, puentes o edificios. Se construyen con las decisiones que millones de personas toman todos los días. Algunas parecen insignificantes: recoger un papel, respetar un espacio público o decidir dónde termina una botella de plástico. Sin embargo, esos pequeños actos son los que, juntos, definen si una comunidad está preparada para enfrentar los grandes desafíos. Cuidar una ciudad no empieza cuando llega la emergencia; empieza mucho antes, con la conciencia de que lo que hacemos, o dejamos de hacer, siempre tiene un impacto en alguien más.

Una botella de plástico abandonada en la calle cuesta apenas unos pesos. Una bolsa de frituras vacía, un vaso desechable y el envoltorio de un dulce parecen no valer nada, pero basta una lluvia intensa para descubrir que esa historia apenas comienza. Entonces el costo deja de medirse en pesos y empieza a medirse en la tranquilidad de una familia que despierta con agua dentro de su casa, en el patrimonio de un comerciante que pierde su mercancía, en el tiempo de quien no puede llegar a una cita médica porque una avenida quedó bloqueada o en el esfuerzo de los cuerpos de emergencia que trabajan para proteger a la población. Al final, ese costo termina siendo de todos.

Cada temporada de lluvias nos recuerda una realidad que ya no podemos ignorar. El cambio climático ha hecho que las precipitaciones sean más intensas y concentradas, poniendo a prueba la infraestructura de nuestras ciudades. Frente a ello, las instituciones realizan de manera permanente labores de limpieza de drenes, desazolve, mantenimiento de alcantarillas, monitoreo de zonas de riesgo y atención de emergencias. Son acciones indispensables, pero también evidencian que ninguna ciudad puede enfrentar por sí sola los desafíos que hoy impone el clima.

Hay una parte de esta historia que no se resuelve únicamente con más maquinaria, presupuesto o brigadas. Se construye con conciencia ciudadana y con la convicción de que el cuidado de la ciudad es una responsabilidad compartida. Una botella que llega al drenaje y una bolsa colocada fuera del horario de recolección pueden parecer detalles menores, pero durante una tormenta esos residuos dificultan el paso del agua y agravan las afectaciones. La basura no desaparece; simplemente cambia de lugar. Por eso, cuando sociedad y Gobierno asumen su parte, la prevención deja de ser una tarea aislada y se convierte en una capacidad colectiva para proteger a las familias.

La prevención también es una forma de solidaridad. Disponer correctamente de los residuos, respetar los horarios de recolección, mantener limpios los espacios comunes y reportar una alcantarilla obstruida pueden parecer acciones pequeñas. Sin embargo, cuando miles de personas las convierten en hábitos cotidianos, fortalecen el trabajo institucional y ayudan a reducir riesgos antes de que llegue una emergencia. La conciencia ciudadana no sustituye la responsabilidad del Gobierno; la complementa y la hace más efectiva.

Tenemos derecho a exigir mejores servicios públicos, infraestructura moderna y respuestas oportunas. Esa es una obligación irrenunciable de cualquier Gobierno. Al mismo tiempo, la participación de la ciudadanía fortalece esos esfuerzos y multiplica sus resultados, porque la banqueta también es ciudad. La alcantarilla también es ciudad. El parque donde juegan nuestras hijas e hijos también es ciudad. Las comunidades más resilientes son aquellas donde autoridades y sociedad trabajan del mismo lado, entendiendo que el bienestar colectivo se construye con corresponsabilidad y confianza.

La próxima vez que veamos una botella tirada en la calle, quizá no deberíamos pensar únicamente en basura. Pensemos en la familia que quiere regresar segura a casa, en el comerciante que abre su negocio con esperanza, en el adulto mayor que espera una ambulancia y en las niñas y los niños que merecen caminar por calles seguras. Las lluvias seguirán llegando. Lo que puede marcar la diferencia es la manera en que decidamos enfrentarlas: con instituciones que actúan, con una ciudadanía consciente y con la certeza de que cuidar Querétaro es una tarea compartida.

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