Con el registro de dos nuevos partidos políticos, la discusión no está en ver si dividirán el voto y restarán fuerza a los actuales partidos políticos, sino en preguntarnos si estamos al inicio de una verdadera ciudadanización de la política. Si esto se convierte en realidad, el Congreso podría recibir perfiles distintos: ciudadanos, empresarios, académicos, activistas o líderes sociales que conocen de cerca los problemas del país. Habría que diferenciar esa apuesta de la tómbola de Morena, porque aquí se habla de personas con trayectoria social o política de base y no únicamente de un mecanismo de selección, aunque todavía está por demostrarse.
Llegar al poder exige algo mucho más difícil que ganar una elección: convertir las convicciones en acuerdos. Aprobar un presupuesto, construir mayorías, negociar una reforma o modificar una ley requiere experiencia, paciencia y capacidad para entender que no se trata de imponerse, sino de hacer viables las ideas frente a una mayoría oficialista que seguirá teniendo una enorme capacidad de decisión en el Congreso.
Por eso 2027 cambiará el acomodo del poder en México y será un laboratorio político. 2028 y 2029 serán los años de evaluación. 2030 será el examen final.
Ese año sabremos si los nuevos partidos lograron construir algo distinto, si los partidos tradicionales fueron capaces de renovarse o si todo terminó reduciéndose a nuevos logotipos. También sabremos si lograron convocar a quienes desde hace años dejaron de creer en las urnas. El verdadero cambio dependerá de la calidad de las personas que lleguen a representarnos. Veremos si los ciudadanos que lleguen al poder aprenden a hacer política antes de que el poder cambie su entusiasmo por conveniencias partidistas.