El concepto de soft power explica cómo un país aumenta su influencia a través del prestigio, la cultura y la capacidad de construir una narrativa favorable. La dictadura argentina utilizó el Mundial de 1978 para ocultar la represión; Rusia hizo del mundial 2018 un escaparate para proyectar modernidad pese al aislamiento internacional tras la anexión de Crimea; Qatar convirtió el torneo de 2022 en el eje de una estrategia global para reposicionar su imagen. En todos los casos, el mundial se convirtió en una operación de Estado.
México tuvo esa oportunidad y la desperdició. No existió una estrategia que aprovechara el reflector más importante del planeta para proyectar una narrativa de éxito, estabilidad y liderazgo. La 4T llegó al Mundial reaccionando a sus crisis, sin conducir el evento. Los resultados económicos no fueron el éxito que se esperaba. Las expectativas de millones de visitantes contrastaron con una afluencia mucho menor; los altos precios limitaron la asistencia, los turistas permanecieron principalmente en las sedes y no detonaron el flujo esperado hacia otros destinos. El gobierno de México no consiguió que el Mundial fuera ni una gran operación de relaciones públicas ni el motor económico que había anunciado.
El mayor fracaso es político. Fueron los conflictos nacionales los que se apropiaron del escenario internacional: Madres buscadoras, maestros, normalistas de Ayotzinapa, campesinos, trabajadores y otros colectivos aprovecharon la atención mundial para recordar que los problemas del país seguían intactos. Ni siquiera las obras estuvieron listas para sostener la narrativa oficial.
El contraste quedó simbolizado cuando México solicitó modificar el horario de un partido y la FIFA rechazó la petición; Donald Trump intervino en el caso de la expulsión de Folarin Balogun y la sanción fue levantada. Dos países organizadores, dos gobiernos frente al mismo interlocutor y dos demostraciones de influencia completamente distintas. El Mundial deja una lección: el poder se ejerce. La cuarta transformación demostró, frente al mundo, que no tiene ni hard ni soft power.