Los escudos nacionales venden camisetas, llenan estadios y despiertan emociones, pero no ganan partidos. Los equipos grandes se imponen porque detrás de sus escudos hay trabajo, estructura, disciplina y resultados. Cuando los grandes empiezan a perder, los aficionados dejan de mirar el escudo y empiezan a mirar el marcador. Algo parecido ocurre en la política. Durante décadas el viejo régimen utilizó grandes símbolos para legitimarse en el poder. La 4T prometió romper con ese modelo, pero terminó profundizándolo.
Nos aseguraron que México no era corrupto, que los corruptos eran quienes gobernaban; que bastaba desplazar a una élite para iniciar una transformación histórica. La promesa sedujo a millones porque apelaba a la esperanza, pero era pura soberbia. No cualquiera decide bautizarse a sí mismo como la Cuarta Transformación de la vida nacional. No cualquiera se coloca junto a la Independencia, la Reforma y la Revolución. El problema es que los mexicanos seguimos enfrentando los mismos miedos: la violencia, las desapariciones, la extorsión, la falta de medicamentos, las escuelas abandonadas y una corrupción que cambió de camiseta.
Las grandes obras fueron presentadas como prueba de una nueva época, pero funcionan como propaganda. Hoy ya hay mucho desgaste. También el de los símbolos. Es triste porque los símbolos deberían unir, inspirar y convocar. Hace siete años había esperanza; hoy hay cansancio. No porque hayamos dejado de creer, sino porque creímos demasiado en quienes prometieron cambiarlo. La Cuarta Transformación llegó denunciando los viejos rituales del poder y terminó refugiándose en ellos. Descubrió, tarde que los símbolos pueden ganar elecciones, pero no resuelven problemas. Y que llega un momento en que los ciudadanos dejan de mirar el escudo y empiezan a mirar el marcador.