Hay decisiones que parecen salir caras… hasta que calculamos cuánto costaría no tomarlas. Eso ocurre con la revisión del T-MEC.
Actualmente están en marcha las negociaciones entre México, Estados Unidos y Canadá. Hemos escuchado amenazas, declaraciones, posturas firmes y, seguramente, más de un discurso pensando en las elecciones de cada país. Es parte del juego político.
Sin embargo, detrás de los micrófonos hay una realidad menos estridente: las economías de Norteamérica ya funcionan como una sola gran cadena de producción. Un automóvil puede cruzar la frontera varias veces antes de llegar a una agencia. Lo mismo ocurre con dispositivos médicos, alimentos, componentes electrónicos y muchísimos productos más. Lo que se produce en un país suele terminar en otro.
Por eso, una negociación fallida no tendría un solo perdedor. Nos saldría caro (y muy caro) a los tres. Negociar no significa ceder. Significa entender que, en un mundo donde la competencia ya no es entre empresas sino entre regiones, romper puentes cuesta mucho más que construir acuerdos.
A veces olvidamos que la cooperación también es una estrategia de poder. Quizá esa sea la lección más importante del T-MEC: el comercio mueve mercancías, pero la confianza mueve economías.