Paloma Espinoza Cházaro/Ciudadanía y Café
@palomaechazaro
Hay debates que sorprenden porque creíamos que ya estaban resueltos. Esta semana volvió a discutirse la posibilidad de limitar el voto bajo el argumento de que no todas las personas están preparadas para decidir. Y la pregunta de fondo resulta inquietante: ¿quién tendría la autoridad para determinarlo?
La democracia nunca ha prometido que todos votemos igual, ni siquiera que siempre elijamos bien. Su fortaleza radica en reconocer que todas las personas tienen la misma dignidad política.
Podemos exigir más educación cívica, combatir la desinformación o promover un voto más informado. Lo que no deberíamos hacer es convertir el derecho a participar en un privilegio reservado para quienes alguien considere «más aptos».
Porque el problema no es quién vota distinto a nosotros. El verdadero riesgo aparece cuando alguien se siente con el derecho de decidir qué voz vale y cuál debe quedarse en silencio.
Quizá la democracia no sea perfecta. Pero sigue siendo mucho más peligrosa la idea de que unos cuantos crean tener el monopolio de la razón.