M. en Arq. Romy Rojas Garrido, presidenta del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano.
“Construir ciudad con futuro, propósito y justicia”.
La industria inmobiliaria es un motor de crecimiento económico. Sin embargo, hoy en día, más que crecimiento, las ciudades mexicanas claman por sentido. Calles sin banquetas, fraccionamientos sin transporte, conjuntos aislados de los servicios básicos… ¿De qué sirve construir más si no se construye mejor?
La pregunta no es una crítica, sino más bien una provocación y una invitación, porque el desarrollo urbano no puede ni debe depender únicamente de gobiernos o académicos. Necesita aliados. Pocos actores tienen tanto potencial para transformar la ciudad como la industria inmobiliaria.
El desafío es evidente. Durante décadas, el modelo de expansión urbana se basó en la lógica de la rentabilidad inmediata. Esto generó zonas periféricas mal conectadas, sin escuelas, agua ni empleo cercano. Las decisiones de inversión no siempre consideraron el impacto social, ambiental o territorial. Sin embargo, hoy la realidad es distinta: el planeta exige sostenibilidad, la gente exige calidad de vida y las nuevas generaciones exigen coherencia.
En ese sentido, ONU-Hábitat ha sido clara: el Objetivo de Desarrollo Sostenible 11 llama a lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. Para ello, urge fortalecer la relación entre el desarrollo urbano y la planificación territorial, reconociendo el papel crucial que puede y debe jugar el sector inmobiliario en la construcción de ciudades más equitativas.
Hoy en México, hay motivos para la esperanza. En distintas regiones del país comienzan a emerger señales de una Nueva Cultura Inmobiliaria: una que entiende que hacer ciudad no es solo colocar ladrillos, sino entretejer comunidad, dignificar territorios y construir futuro con sentido.
Desde el sector empresarial, mujeres como Altagracia Gómez Sierra han comenzado a replantear el papel de la empresa en la transformación urbana. Su visión apunta hacia un modelo donde el desarrollo económico va de la mano con la justicia territorial, con proyectos que integran movilidad, servicios, empleo y bienestar. No se trata de frenar al mercado, sino de elevar su propósito.
Desde la visión de Conared, esta alianza es indispensable. Gabriela Quiroga García, urbanista comprometida con el enfoque ambiental, ha señalado que la planificación con perspectiva ecológica y social no solo es necesaria, sino rentable. David Camacho Alcocer, experto en movilidad ferroviaria, ha demostrado cómo los desarrollos orientados al transporte (DOT) generan plusvalías que benefician a todos: empresas, gobiernos y ciudadanía.
La Asociación Mexicana de Arquitectas y Urbanistas (AMAU), por su parte, ha sido insistente: la planeación debe tener perspectiva de género y de cuidados. ¿Cómo pueden los desarrollos inmobiliarios generar seguridad, equidad y accesibilidad? Escucharlas es fundamental.
Porque el desarrollo inmobiliario puede (y debe) ser parte de la solución. Imaginar un futuro donde la vivienda digna, la movilidad sostenible y la inclusión social sean principios compartidos entre Estado y mercado no es ingenuidad: es una agenda urgente.
En México, ya existen ejemplos de desarrolladores que trabajan de la mano con comunidades, que diseñan con criterios de sustentabilidad y que promueven la regeneración de zonas urbanas deterioradas en lugar de seguir extendiendo el manchón urbano.
Desde Conared, se hace un llamado claro: la industria inmobiliaria no está excluida del desarrollo urbano sostenible. Al contrario, está llamada a ser protagonista. Pero para lograrlo, debe preguntarse no solo cuánto va a construir, sino para quién, cómo y para qué.
Las juventudes urbanas tienen hoy una oportunidad irrepetible: formarse con una visión integral, ética y sensible del desarrollo urbano. Ser los próximos arquitectos, inversionistas, planeadores o líderes empresariales que no repitan los errores del pasado, sino que dibujen nuevos futuros.
Las ciudades no son mercancías; son el espacio donde habitamos, soñamos… donde vivimos. Vivir bien no debe ser un privilegio, sino un derecho que exige alianzas con propósito.