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14 de abril 2026

Roberto Mendoza

Una reconocida abogada me dijo con preocupación que ejercer su profesión se ha vuelto peligroso. No es una metáfora. Litigar implica enfrentarse a intereses criminales, disputas políticas o conflictos económicos donde la ley dejó de ser protección. La pregunta surgió sola: ¿qué profesión no se ha vuelto peligrosa en México? Ser periodista implica riesgo documentado; ser político, especialmente local, puede costar la vida; ser comerciante significa enfrentar la extorsión; ser transportista, atravesar rutas controladas por el crimen; ser activista, desafiar poderes territoriales; ser buscador de desaparecidos, sustituir al Estado bajo amenaza… Incluso estudiar o trabajar en comunidades violentas implica una exposición cotidiana. El problema ya no es ocupacional. El riesgo dejó de pertenecer a ciertos oficios y empezó a expandirse hacia la vida civil.

A esta expansión de la violencia se suma una transformación institucional inquietante. Mientras el Estado pierde capacidad para garantizar nuestra seguridad, amplía facultades para controlarnos. Por ejemplo, la Unidad de Inteligencia Financiera puede congelar cuentas sin proceso penal previo; aunado a ello, el nuevo modelo judicial, con jueces electos mediante poca participación y bajo acusaciones de intervención política, introduce dudas sobre la independencia del último contrapeso del ciudadano frente al poder. El resultado es una ecuación extraña: el crimen puede afectar la integridad física y el Estado puede restringir la vida económica, mientras las instituciones que deberían equilibrar ambos extremos se debilitan.

El riesgo ya no depende del oficio, sino de la condición. Sí, ser abogado es peligroso; ser periodista o político, también, pero lo más peligroso es simplemente vivir en México. La inseguridad dejó de ser sectorial y se volvió estructural. El ciudadano queda expuesto físicamente y presionado institucionalmente. La pregunta no es qué profesión es peligrosa, sino cuál podría quedar fuera de riesgo. Cuando la respuesta es: ninguna. La conclusión es incómoda y triste: en México, lo verdaderamente peligroso es simplemente ser mexicano.

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