En 1986 México recibió un Mundial entre polvo y escombros en las calles. El país estaba herido, pero encontró en aquel torneo una forma de consolarse y de fortalecerse. Fue el Mundial de la Mano de Dios de Maradona, del inolvidable gol de Manuel Negrete y de aquella selección mexicana que quedó a un penal del quinto partido. Había dolor, pero también esperanza. Cuarenta años después ocurre exactamente lo contrario.
México llega al Mundial 2026 cargando heridas sin cerrar. Violencia, desaparecidos, falta de medicinas, inseguridad y desencanto frente a instituciones han roto la posibilidad de una celebración colectiva. Mientras el mundo prepara una fiesta, muchos mexicanos preparan una protesta. Maestros, madres buscadoras, familiares de Ayotzinapa, transportistas y otros grupos sociales expondran exigencias que no han encontrado solución en su propio país. Vamos a mostrar que estamos mal y necesitamos ayuda. La diferencia con el 86 es abismal. Aquel Mundial ayudó a unir a nuestra nación herida; éste exhibe un país dividido que no comparte una causa común.
El futbol dejó de ser una celebración popular para convertirse en una experiencia reservada para quien pueda pagarla. Los boletos, las zonas preferentes, los paquetes de hospitalidad, los eventos para aficionados e incluso muchas transmisiones son para el consumidor, no para el aficionado. Hay una verdad incómoda: la mayoría de los mexicanos simplemente no tiene dinero para participar. Este Mundial no es para el pueblo; es para visitantes, patrocinadores y clientes. El Mundial no tiene alma mexicana.
Hace cuarenta años el mundo vino a ver cómo México se levantaba. Hoy lo descubrirá lleno de protestas y mexicanos que no se resignan sino luchan por sus causas.