Mientras miles de mexicanos viven con la camiseta verde y nuestra bandera, hay una renovada emoción compartida de ver ganar a la selección de futbol. Una parte de la conversación política sigue atrapada en la guerra entre chairos y fachos. La polarización fue la herramienta política más útil del obradorismo.
Dividir entre buenos y malos, pueblo y élites, transformación y conservadores, ayudó a construir una identidad política y ganar una batalla cultural, pero toda herramienta tiene límites. Lo que sirve para conquistar el poder no necesariamente sirve para ejercerlo, y menos indefinidamente.
La oposición partidista está derrotada, pero el descontento no desaparece; encontró nuevas formas de expresarse: memes, videos, inteligencia artificial, creadores de contenido y ciudadanos sin militancia están ocupando los espacios de los partidos políticos. La conversación pública se organiza desde las redes que viven obsesionadas con la novedad, la velocidad y la reinvención permanente. Es un problema para el Gobierno, pues buena parte del discurso oficial sigue apoyándose en los mismos antagonistas: los conservadores, Calderón, García Luna… Viejas batallas que dieron origen al obradorismo siguen ocupando el centro de la narrativa gubernamental.
El Gobierno confunde silencio con apoyo y cansancio con lealtad. Un ciudadano puede seguir respaldando, incluso votar por Morena y ya estar cansado de escuchar siempre la misma pelea, sentirse cada vez más distante de una narrativa que ya no sorprende. Millones de mexicanos comienzan a desconectarse de este discurso que ya aburre. El poder cree que pelea una guerra, pero ya nadie quiere pelea, la polarización ya no emociona ni divide; dejó de importar.