En México, el crimen organizado ya no solo pelea territorios. También pelea por nuestras juventudes. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió en 2018 que más de 460 mil niñas y niños han sido captados por grupos delictivos. El dato no debería pasar desapercibido. Debería alarmarnos.
Mientras la violencia crece, también crece la normalización. En redes, en calles y hasta en ciertos discursos, cada vez es más fácil venderle a un adolescente la idea de que delinquir no tiene consecuencias reales. Ahí empieza el verdadero problema.
Por eso, la iniciativa impulsada por ‘Chepe’ Guerrero merece atención. La propuesta plantea que jóvenes de 15 a 17 años que cometan delitos graves como homicidio, violación o secuestro puedan enfrentar consecuencias más severas, siempre bajo evaluación individual y especializada.
No se trata de criminalizar juventudes. Se trata de entender que el crimen organizado utiliza menores porque sabe que el sistema actual todavía les ofrece márgenes de impunidad. Frente a eso, quedarse cruzados de brazos también es una forma de renunciar.
Padres, escuelas, autoridades y sociedad tenemos responsabilidad. Preocuparnos ya no alcanza. Hay que actuar, porque si permitimos que la violencia siga seduciendo a nuestros jóvenes, después será demasiado tarde para preguntarnos en qué momento los dejamos solos.