Cuando el árbitro dé el silbatazo inicial y las cámaras apunten hacia México, ¿qué país verán realmente? ¿El de los estadios llenos, las ceremonias espectaculares y los discursos oficiales, o el de las carreteras bloqueadas, los reclamos acumulados y millones intentando ser escuchados?
Hace 40 años, México recibió un mundial en medio de una crisis económica y tras el terremoto de 1985. A pesar de todo, existía una sensación de unidad. Hoy, el reto es distinto: no hay edificios colapsados, pero sí una inconformidad social creciente y palpable.
Mientras el Gobierno federal prepara la fiesta mundialista, diversos grupos parecen prepararse para otra cosa. Ahí están las madres buscadoras, la CNTE, campesinos, transportistas, taxistas del AICM y trabajadores del metro. Para muchos de ellos, el mundial no representa una celebración, sino una oportunidad única para visibilizar demandas que llevan años sin respuesta.
La paradoja es evidente: mientras el Gobierno busca mostrar al mundo la mejor versión de México, miles de ciudadanos buscan mostrar la más real.
El balón rodará, los estadios se llenarán y las cámaras transmitirán imágenes de fiesta. La pregunta es si el mundo verá únicamente el espectáculo o también el país que sigue esperando respuestas antes del silbatazo inicial.