El domingo, Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. Cuatro años después de su primer presidente de izquierda, el país giró al extremo contrario. No es una sorpresa: es el péndulo latinoamericano funcionando con precisión.
Los politólogos llaman “péndulo democrático” a la tendencia de los votantes a girar hacia el extremo opuesto cuando el Gobierno de turno los decepciona. No es ideología. Es hartazgo.
Chile lo lleva haciendo 20 años: Lagos, Bachelet, Piñera, Boric, Kast… En Argentina: Kirchner, Macri, Fernández, Milei… En Perú, la inestabilidad se volvió tan profunda que el péndulo dejó de oscilar y se convirtió en caos. El mapa cambia de color cada cuatro años, pero el problema de fondo sigue siendo el mismo.
El votante no elige un proyecto; castiga al que lo defraudó. Es una democracia que reacciona con el estómago, no con la razón.
Ahí está el problema central: no hay liderazgos capaces de gobernar para todos, de tender puentes ni de construir acuerdos que sobrevivan un periodo de Gobierno. Solo extremos que prometen transformarlo todo y terminan agotando la paciencia de quienes los eligieron.
La historia lo ha demostrado: las democracias que oscilan sin ancla terminan abriendo la puerta a algo peor. El péndulo descontrolado ha sido siempre el terreno favorito de los autoritarismos.
Mientras sigamos eligiendo contra alguien y no por algo, el péndulo no va a parar.