La ilusión de que México lograra el campeonato mundial de futbol tenía que terminar en algún momento, se ganara o no el certamen. Pero ese sueño nos permitió ver que las cosas pueden cambiar cuando hay unidad y propósitos compartidos; unidad no solo entre los integrantes del equipo, sino entre prácticamente todo el pueblo, sin distinciones de edad, ideológicas o partidistas. Todos por igual celebramos cada triunfo en unidad, llenando diferentes plazas públicas, como no lo ha hecho ningún mitin político.
Se dice que Javier Aguirre, técnico de la selección mexicana de futbol, cambió la mentalidad en los jugadores y hasta la de quienes dudaban de que lograra siquiera pasar de la primera ronda. Hubo críticas de todo tipo, pero Aguirre llevó al seleccionado a un nivel inesperado, y creo que todos, especialmente quienes tienen posiciones de autoridad, ya sea en una empresa o en la Presidencia de la República, tenemos mucho que aprender de sus logros.
Pregunté a la IA qué se podría aprender de este entrenador. Esto es lo que encontré:
Aguirre ajusta su estilo según el contexto y el momento del equipo (estricto cuando toca, cercano en lo cotidiano) y delega en sus auxiliares técnicos, respetando el papel de cada uno; esto reduce la sobreexigencia y mejora el rendimiento. No se puede ser duro todo el tiempo ni cercano solo con los allegados y sin un liderazgo participativo o situacional, según la circunstancia.
La comunicación directa (incluidas las palabas altisonantes) de Aguirre es coherente con sus convicciones y, además de motivar un mejor entendimiento por parte del cuerpo técnico y los propios jugadores, facilita negociaciones con dueños de clubes y actores externos. Ideas bien fundamentadas y mejor explicadas no dejan duda sobre el plan de juego en cada ocasión. Se gana legitimidad cuando las decisiones son coherentes con las propuestas y se comunican con claridad y de forma consistente.
Aguirre atiende problemas personales de jugadores y fomenta la solidaridad; prioriza al ser humano detrás del rol de cada jugador, y practica la escucha activa para mejorar la confianza en él por parte de sus jugadores. No es lo mismo escuchar activamente que continuamente imponer silencio, ser la única voz válida y mentir para tratar de influir.
Cuando un jugador se rebela o baja su rendimiento, Aguirre combina disciplina firme (ultimátums y reglas claras) con medidas de contención y refuerzo (concentraciones largas, trabajo psicológico y apoyo individual), para recuperar compromiso o, si no hay respuesta, excluirlo de la convocatoria.
Ciertamente, un estilo de liderazgo en el futbol no es fácilmente replicable en una empresa y menos en la Administración pública, que es más compleja. Pero ante un país dividido, asustado por la violencia (especialmente contra las mujeres), mayoritariamente incrédulo y sometido a caprichos autoritarios, hay algunas claves del liderazgo de Aguirre que la presidenta Sheinbaum podría aplicar: escuchar activamente a propios y extraños, priorizar la credibilidad y la comunicación transparente, fortalecer la gestión humana, usar la inteligencia emocional para desescalar tensiones y disciplinar a sus colaboradores.
Eso podría ayudar a mejorar la cohesión pueblo-Gobierno y mejorar el ambiente social. Quizá no logre el 100 por ciento de unidad, pero podría alcanzar algunos avances.