Luego del terremoto en Venezuela y el reciente sismo en el Estado de Chiapas, recordé el simulacro nacional 2026 que buscó identificar áreas de mejora en los protocolos de evacuación y concentración en los puntos de reunión. En Querétaro se reportó la participación de cerca de 185,000 personas a nivel estatal, la mayoría empleados públicos y privados.
Cuando finalizó el simulacro, se evaluó el ejercicio en tiempo promedio de evacuación y número de personas e inmuebles participantes. Pero no se detectaron áreas de oportunidad que permitan mejorar la gestión ante un hecho real.
En este simulacro, sólo las personas dentro de edificios públicos o corporativos evacuaron obligadamente; la mayoría de los ciudadanos no participan porque ya saben lo que se debe hacer ante la alerta sísmica. Me parece que un simulacro debe enfocarse más hacia valorar la reacción de las diferentes autoridades que limitarla a los tiempos de evacuación y cantidad de participantes.
En simulacros de gestión de crisis empresariales, las situaciones se complican con elementos sorpresivos que, al final, permiten detectar áreas de oportunidad para mejorar los sistemas de prevención y atención. Tomar desprevenidos a quienes tienen la responsabilidad de gestionar lo necesario para ayudar a los afectados en una situación real, es un factor de éxito en un simulacro.
No es lo mismo “reaccionar” en un escenario controlado en donde ya están listos los involucrados para mostrar sus habilidades y equipos, que recibir una sorpresiva alerta sobre alguna zona en donde se registran daños materiales y posibles heridos.
Creo que futuros simulacros de sismo deberían incluir ese factor sorpresa: que, sin el involucramiento de los brigadistas, los responsables gubernamentales de seguridad decidan en qué zonas se simularan daños que ameriten el traslado de los cuerpos de rescate (con “lesionados”, gente en la calle y semáforos apagados) para valorar los tiempos de reacción y operación. Que los cuerpos de rescate acudan desde sus bases a sitios determinados al finalizar la alerta, podría dar un mejor parámetro de tiempos de reacción y detectar áreas de oportunidad para mejorar en ese sentido.
Más que estar en un Centro de Control, la presencia de funcionarios en alguna de las zonas supuestamente siniestradas, como, supongo, lo harían en un caso real, daría mayor fuerza a los simulacros; su ausencia les puede restar credibilidad y seriedad, e impactar negativamente.
Los simulacros ayudan para una mejor reacción ante la realidad, aunque hay ocasiones en que ésta puede superar hasta el escenario más exagerado que pudiera plantearse.