Yamile David/Presidenta del Observatorio Ciudadano de Querétaro.
@YamileDG
@CiudadaniaOCQ
Es inevitable sentir desosiego, preocupación y desesperanza por la situación que atravesamos como humanidad.
En esta era regida por la innovación tecnológica en donde no hay marcha atrás, lo que debería conectarnos más, está provocando lo contrario: una desconexión brutal del ser humano consigo mismo y con los demás.
Países y ciudades viviendo en conflictos a gran escala y con un nivel de violencia que supera cualquier película de terror: Israel, Palestina, Gaza, Ucrania, Estados Unidos, Venezuela, México, Jalisco, etc.
Narrativas de ultraderecha que van ganando adeptos alrededor del mundo y con lo que se irán perdiendo espacios y derechos ganados por batallas de muchos años. Pareciera que estamos ante un retroceso en la garantía de los derechos humanos.
Ejemplo claro de ello es la administración de Donald Trump en la cual se prevé un riesgo potencial debido a sus políticas de inmigración, libertad de expresión, discriminación y racismo, asistencia social y médica que pueden perjudicar a los grupos vulnerables, así como su postura de “America First” que lleva a una disminución del compromiso de EE.UU con organismos internacionales dedicados a la protección de derechos como la ONU y finalmente, su apoyo a líderes autoritarios en el extranjero que también son motivo de preocupación.
En un mundo tan cambiante, diverso y contradictorio, no podemos perder el mayor objetivo que es garantizar los derechos humanos como base de la dignidad. Cuando hablamos de dignidad, hablamos de respeto, reconocimiento y la capacidad de cada persona para vivir una vida plena, libre de humillaciones y abusos.
El respeto a la dignidad humana no solo es un objetivo en sí mismo, sino que también actúa como catalizador para la paz y la estabilidad social. Promover la igualdad y la no discriminación es vital para construir sociedades justas y cohesivas.
Asegurar la dignidad humana no es solo una responsabilidad colectiva, sino una inversión en nuestro futuro compartido. Al hacerlo, cultivamos un mundo donde cada individuo puede alcanzar su máximo potencial, promoviendo así un ciclo de respeto y empatía que beneficiará a generaciones venideras.
Cada vez que se visibiliza una injusticia y se exige respeto por la dignidad de todas las personas, se enciende una chispa de cambio que puede iluminar los rincones más oscuros del sufrimiento humano