Yamile David/Presidenta del Observatorio Ciudadano de Querétaro.
@YamileDG
@CiudadaniaOCQ
En los últimos años, la ultraderecha ha experimentado un preocupante ascenso en diversas regiones del mundo. Lo que en el pasado se percibía como una corriente marginal, hoy se presenta con fuerza en parlamentos, gobiernos y en el discurso público. Su avance no solo representa un cambio en el mapa político, sino una amenaza real para los valores democráticos, la convivencia social y los derechos conquistados durante décadas.
La ultraderecha se alimenta del miedo y la incertidumbre. Ante crisis económicas, sociales o culturales, ofrece soluciones simplistas a problemas complejos, señalando culpables fáciles: inmigrantes, minorías, movimientos feministas, ambientalistas o incluso las instituciones democráticas. Esta estrategia de «ellos contra nosotros» genera divisiones profundas que debilitan el tejido social.
Aunque suelen presentarse como defensores de la libertad, los movimientos de ultraderecha promueven políticas autoritarias. Buscan debilitar los sistemas de contrapesos institucionales, restringir la libertad de prensa, perseguir la disidencia y concentrar el poder en figuras carismáticas que se autoproclaman salvadoras. Esto erosiona los pilares de la democracia y abre la puerta a prácticas cercanas al totalitarismo.
Países como Polonia, Brasil, Rusia, Alemania, Italia y Estados Unidos (entre otros ) son claro ejemplo de regímenes de ultraderecha, con la narrativa de “entender” las necesidades de la población más lastimada, unida a promesas incumplibles.
Uno de los aspectos más preocupantes de la ultraderecha es su hostilidad hacia los avances en derechos humanos. El rechazo al matrimonio igualitario, la criminalización del aborto, el desprecio hacia las luchas feministas y el desmantelamiento de políticas ambientales o sociales son ejemplos de cómo buscan revertir conquistas históricas. El resultado es un retroceso que afecta a los sectores más vulnerables de la sociedad.
La retórica ultraderechista legitima discursos de odio que antes se consideraban inadmisibles. Al ser amplificados en redes sociales y medios de comunicación, terminan instalándose en la opinión pública. Lo que empieza como “opinión política” puede derivar en violencia, discriminación sistemática y crímenes motivados por prejuicios.
El peligro de la ultraderecha no radica únicamente en su capacidad de ganar elecciones, sino en su habilidad para transformar la cultura política y debilitar la democracia desde dentro. Ante esta amenaza, la respuesta no debe ser el silencio ni la indiferencia. Es fundamental fortalecer la educación cívica, promover el pensamiento crítico y defender activamente los valores de igualdad, libertad y solidaridad.
La historia ha demostrado que cuando la ultraderecha gana terreno, las consecuencias son devastadoras. Prevenir que se repitan esos errores es una responsabilidad colectiva.
Todo lo anterior nos obliga a cuestionarnos qué estamos haciendo mal en los sistemas democráticos que se han debilitado en su mayoría por la corrupción y la impunidad. Estamos ante la entrada de un nuevo orden mundial, de nosotros depende el rumbo que daremos a nuestra sociedad y a nuestro mundo para las próximas décadas y en ello, la indiferencia es y será nuestro peor enemigo.