Desperté en Bernal, monté mi equipaje sobre La Golondrina, me aseguré, en más de una ocasión, que no dejara nada en el cuarto y salí del hotel con el siguiente objetivo en mente: San Juan del Río.
Rápido, aprendí a no tener fe ciega en las ‘apps’ de GPS, pues, ese día, la aplicación me mandó por un mal llamado “camino pavimentado” que parecía más un rio seco con piedras, arena, ramas, hoyos y plantas.
A medida que recorría la solitaria y olvidada senda, empecé a percibir un olor a animal muerto, esperando que fuera un animal (y no una persona) lo que despedía ese olor. Tan solo unos metros después, descubrí a un zopilote, que inmediatamente emprendió el vuelo al verme, dejando atrás los restos de una vaca, de los cuales, segundos antes, se alimentaba.
Salí a la carretera por la que crucé Ezequiel Montes y Tequisquiapan para, después, llegar a San Juan con los siguientes números; 42 kilómetros pedaleados, cinco litros de agua, un zopilote, el cadáver de una vaca y una reflexión:
Lo bello y lo macabro no siempre son opuestos. La muerte, a veces, es tan fascinante como la vida. Ambas son muy cercanas, pero eso algo que nos gusta olvidar.