Después de 13 días de viaje y un poco menos de 700 km después, llegué al estado de Oaxaca, el cual me tenía preparado un popurrí de experiencias tan sabrosas y diversas como su propia gastronomía.
Mis primeros días los pasé como un turista más, en un hostal en el centro de la capital de estado, desayunando casi a diario memelas con un delicioso café de olla, y descubriendo los rincones de la ciudad y sus alrededores. Caminé por los barrios de la ciudad con Sonya y Ángel. Me perdí en Monte Alban, para encontrarme con Romana. Me maravillé con la magia de un árbol de tule, me petrifiqué con unas cascadas y descubrí a una amiga de nombre Adriana.
Dejé la capital para rodar por sus pueblos; San Martín, Ocotlán, Ejutla y Miahuatlán. Me invitaron unos tacos y dormí rodeado de perros rescatados. De aventón llegué a San José del Pacífico y casi gasto mis puntos de Infonavit en una cabañita en ese lugar. En Mazunte dormí en un cuarto sin ventanas y con chinches. En Pochutla lloré con la primera videollamada que hice con mamá y papá.
En Oaxaca me subí y bajé de mi bici muchas veces, pero tu sígueme, que esto apenas comienza.