Durante mi viaje en bicicleta me encontré con una gran variedad de personas. Algunas fueron mis compañeros durante unos días o semanas, otras más cruzaron mi camino solo por unos instantes; mi primer día en Guatemala fue un desfile de encuentros esporádicos.
Con pocos minutos en suelo guatemalteco, un señor, que supongo me vio cruzar la frontera con toda la parafernalia cicloviajera, tuvo a bien preguntarme si ya había sellado mi pasaporte y logró evitarme un problema migratorio más adelante. Unos kilómetros después, rumbo a Malacatán, unos albañiles me regalaron una cerveza, unos policías me escoltaron en un tramo complicado de la carretera y automovilistas me echaron porras en una subida.
Ya en el pueblo, un niño y sus papás me cambiaron una comida por mis historias del viaje, otros policías me recomendaron un hotel para descansar, e incluso en la plaza principal, una sexoservidora, con genuina curiosidad, quiso saber porqué iba viajando así y me deseo el mejor de los éxitos.
Estos instantes, aunque intrascendentes, son los que forman la vida.
Sígueme en bici literaria para armar esta historia, momento a momento.