Una de las preguntas que más me hicieron antes de iniciar mi viaje fue: “¿Dónde vas a dormir?”, y, siendo sincero, nunca me preocupó eso. En gran medida, por culpa de mi casi absurdo optimismo que me hace pensar que todo siempre sale bien, pero, con el tiempo, llegaría a descubrir que ese bien es un concepto muy amplio.
Pero, en las primeras noches del viaje, puedo decir que, en efecto, todo salió bien. En San Juan, tuve la suerte de que Andrea confiara en un completo desconocido (yo) y le diera asilo por una noche. Ella fue la primera amiga de este viaje y la que, con su buena vibra, sentenció que me encontrara, en el futuro, con más gente como ella.
Fue, igual, en San Juan donde mi amigo de toda la vida, Juan, me alcanzó para ayudarme a reparar mi portabultos. En Tula, encontré un hotel que costaba por noche lo mismo que me habían donado unas personas unos días antes. En Tepeji, me prestaron un «depa» por dos noches, donde pude descansar para, finalmente, llegar al Estado de México y la Ciudad de México, donde viviría una de las etapas más lindas de mi viaje.
Sígueme en mi bici literaria para que veas que todo siempre sale bien.