Siempre, he disfrutado mucho de los contrastes. Lo cansado y gratificante que es dar clases a adolescentes, la mezcla de felicidad y tristeza que me dan algunos nostálgicos recuerdos, o bien, lo bella y caótica que puede ser la Ciudad de México (CDMX).
Después de probar, por una semana, la vida nómada del cicloviajero, fue un respiro muy agradable asentarme, por una semana completa, en casa de mi prima. En ese tiempo, estuve con mi familia, eché chisme y tacos con Grecia, jugué con mis sobrinos y me quedé con ganas de ver a mi primo Iván. Me reencontré con mi amigo Alan, tomamos pulque, fuimos víctimas del cambiante clima de la CDMX y, otra vez, tomamos caminos distintos. Pasé unos días con mi otra amiga Andrea, quién voló desde Cancún para que, juntos, pudiéramos asistir al concierto de Fall Out Boy, la acompañé al aeropuerto y me regresé por la Golondrina para ir al próximo destino.
Contrastes. Viajar y sentirme en casa. Querer repetir todo y querer que todo cambie. Alegrarme por la llegada de personas y soltar lágrimas por su despedida. Querer llegar a Argentina sin irme de México. Y, ¿si me llevo a México en mi bici?