Durante las últimas semanas hemos visto algo extraordinario. Millones de mexicanos salen a las calles, llenan plazas, bares y sus casas para celebrar un mismo gol. Personas que nunca se habían visto, se abrazan. Desconocidos cantan el mismo himno. Durante 90 minutos dejó de importar por quién votamos o en qué parte del país nacimos.
El mundial nos recordó algo que a veces olvidamos: México tiene muchas más razones para estar unido que para dividirse.
Nos unen la familia, las tradiciones, la comida, el orgullo por nuestra tierra, el deseo de salir adelante y la esperanza de construir un mejor futuro. Nos une la emoción cuando un mexicano triunfa, la solidaridad cuando ocurre una tragedia y la capacidad de organizarnos cuando alguien necesita una mano.
Nos olvidamos del mensaje que intenta convencer a los mexicanos de que su vecino puede ser su enemigo. Olvidamos las etiquetas que enfrentan a unos contra otros, lo que quisiera distinguirnos entre buenos y malos, entre quienes merecen y quienes no.
Las diferencias son naturales. Lo que no debe ser normal es convertirlas en una forma de Gobierno, por creer que un país dividido es más fácil de controlar.
El mundial terminará en unos días y volveremos a nuestra rutina. Ojalá no olvidemos la lección más importante que nos dejó fuera de la cancha: antes de cualquier distinción, somos mexicanos.
Eso siempre será mucho más grande que cualquier discurso que pretenda separarnos.